Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 450
—¡ Listos!— gritó Elliott por encima del ruido del tiroteo. Ocurrió entonces. La explosión fue enorme. Lo inundó todo una luz cegadora que corría en todas direcciones, reflejada en todas las superficies, y después, tan pronto como amainaron las reverberaciones del estallido inicial, comenzó un enorme estruendo.
Las columnas rotas empezaron a caer, chocando unas contra otras como piezas de dominó en una reacción en cadena. Una sección descomunal de una columna partida cayó al suelo justo detrás de ellos, y levanto una tormenta de cristales en polvo, que brillaban a la luz como diamantes negros. El polvo se les metía por la garganta y les escocía en los ojos. El propio suelo se estremecía con cada golpe. Enormes cantidades de aire eran desplazadas alrededor de ellos al caer las columnas, y ráfagas azarosas de viento los impulsaban tan pronto a un lado como a otro.
Aquel pandemonio prosiguió, y antes de que ninguno de ellos se diera cuenta, estaban corriendo por un túnel detrás de Elliott. Will volvió la cabeza para mirar atrás, justo a tiempo de ver una columna caer contra la entrada y sellarla perfectamente. Siguieron sumergidos en una nube de cristal durante varios cientos de metros, pero después el aire se aclaró y Elliott les indicó que se detuvieran.— Tenemos que seguir, tenemos que seguir— urgía Chester.— No; tenemos unos minutos de respiro. Por aquí dentro no nos pueden seguir— explicó Elliott, quitándose de la cara trocitos de cristal—. Vamos a beber algo y recuperar el aliento.— Se llenó bien la boca de agua para refrescarse, echó algunos tragos más y pasó la cantimplora—. ¿ Alguien está herido?— preguntó observándolos uno a uno.
Chester no podía respirar por la nariz, pero Elliott le dijo que no creía que la tuviera rota. También tenía la boca muy hinchada y partida por la comisura por la que lo había agarrado el Limitador, y la cabeza dolorida de todos los golpes que había recibido. Cuando Elliott le acercó la lámpara para examinarlo, él vio sus propios nudillos rojos y magullados, y las mangas y los antebrazos empapados de sangre. Ella lo examinó todo con cuidado.— No pasa nada; la sangre no es tuya— dijo después de una somera inspección.—¿ Es del Limitador?— preguntó Chester, mirándola con los ojos como platos y temblando al recordar cómo había pegado al soldado con el cascote de obsidiana—. Es horrible … ¿ Cómo puedo haberle hecho eso … a otra persona?— se preguntó en un susurro.
—¡ Listos!— gritó Elliott por encima del ruido del tiroteo. Ocurrió entonces. La explosión fue enorme. Lo inundó todo una luz cegadora que corría en todas direcciones, reflejada en todas las superficies, y después, tan pronto como amainaron las reverberaciones del estallido inicial, comenzó un enorme estruendo.
Las columnas rotas empezaron a caer, chocando unas contra otras como piezas de dominó en una reacción en cadena. Una sección descomunal de una columna partida cayó al suelo justo detrás de ellos, y levanto una tormenta de cristales en polvo, que brillaban a la luz como diamantes negros. El polvo se les metía por la garganta y les escocía en los ojos. El propio suelo se estremecía con cada golpe. Enormes cantidades de aire eran desplazadas alrededor de ellos al caer las columnas, y ráfagas azarosas de viento los impulsaban tan pronto a un lado como a otro.
Aquel pandemonio prosiguió, y antes de que ninguno de ellos se diera cuenta, estaban corriendo por un túnel detrás de Elliott. Will volvió la cabeza para mirar atrás, justo a tiempo de ver una columna caer contra la entrada y sellarla perfectamente. Siguieron sumergidos en una nube de cristal durante varios cientos de metros, pero después el aire se aclaró y Elliott les indicó que se detuvieran.— Tenemos que seguir, tenemos que seguir— urgía Chester.— No; tenemos unos minutos de respiro. Por aquí dentro no nos pueden seguir— explicó Elliott, quitándose de la cara trocitos de cristal—. Vamos a beber algo y recuperar el aliento.— Se llenó bien la boca de agua para refrescarse, echó algunos tragos más y pasó la cantimplora—. ¿ Alguien está herido?— preguntó observándolos uno a uno.
Chester no podía respirar por la nariz, pero Elliott le dijo que no creía que la tuviera rota. También tenía la boca muy hinchada y partida por la comisura por la que lo había agarrado el Limitador, y la cabeza dolorida de todos los golpes que había recibido. Cuando Elliott le acercó la lámpara para examinarlo, él vio sus propios nudillos rojos y magullados, y las mangas y los antebrazos empapados de sangre. Ella lo examinó todo con cuidado.— No pasa nada; la sangre no es tuya— dijo después de una somera inspección.—¿ Es del Limitador?— preguntó Chester, mirándola con los ojos como platos y temblando al recordar cómo había pegado al soldado con el cascote de obsidiana—. Es horrible … ¿ Cómo puedo haberle hecho eso … a otra persona?— se preguntó en un susurro.