Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | страница 449
decepcionada.
El chico no dio ningún tipo de explicación, y se limitó a mirar a Will con
irritación. Entonces Elliott se volvió hacia los dos hermanos:
—Arriba. Tenemos que seguir… sin perder tiempo. ¿Alguien está herido?
—La mandíbula… La nariz… —empezó a quejarse Chester.
—Cal necesita un descanso. Míralo —interrumpió enseguida Will, echándose
hacia atrás para que Elliott pudiera ver los ojos perdidos y desenfocados de su
hermano.
—Imposible. Y menos después de este jaleo —dijo ella.
—¿No puede…? —rogó Will.
—No —gruñó ella—. ¡Escuchad!
Hicieron lo que les decía. Oyeron un aullido en la lejanía, pero no podían saber lo
lejos que estaba exactamente.
—¡Son perros de presa! —exclamó Will, notando que se le erizaban los pelos de
la magullada nuca.
—Sí, toda una manada —explicó Elliott asintiendo con la cabeza. Les dirigió a los
muchachos una ligera sonrisa—. Y hay otra razón por la que pienso que es buen
momento para poner pies en polvorosa —dijo.
—¿Cuál? —se apresuró a preguntar Will.
—Pues porque acabo de poner un explosivo en el depósito. El escondrijo entero
volará por los aires dentro de sesenta segundos.
Afortunadamente, esta última información tuvo la virtud de resucitar a Cal. Elliott
cogió el rifle del Limitador al pasar todos junto a su cadáver, y después corrieron
como no lo habían hecho hasta entonces. Will permaneció junto a Cal, que hacía todo
lo que podía con su pierna mala, pero cuando Bartleby llegó con ellos, el muchacho se
sintió capaz de correr tan rápido como los demás.
Hubo una ráfaga de disparos, como petardos que volaban. Una lluvia de balas
horadó las columnas a su alrededor, y los impactos arrancaban pedazos de obsidiana
del tamaño de platos que giraban en el aire. Por instinto, Will agachó la cabeza y
empezó a ir más despacio.
—¡No! ¡No te pares! —le gritó Elliott.
Las balas silbaban y rebotaban en las superficies especulares mientras ellos huían.
Will sintió unos tirones en las perneras del pantalón, a la altura de las pantorrillas,
pero era imposible pararse a mirar qué los causaba.