Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 430

Creyó que estaba todo perdido hasta que oyó los gritos de su hermano. —¡Bartleby! —gritaba Cal con enorme alegría—. ¡Barí, pero si eres tú! Al mismo tiempo, se oyeron dos estallidos lejanos. Con el rabillo del ojo, Will vio destellos en el túnel. —¡Allí está ella! —exclamó Chester—. ¡Elliott! Will y Chester observaron cómo la chica salía de las sombras y de un paso se colocaba en el medio del túnel. —¡Quedaos ahí! —les gritó saliendo al camino principal. Cal estaba que no podía más de la emoción. Sentado al lado de su gato, estaba completamente al margen de cualquier otra cosa que ocurriera a su alrededor. —Pero ¿quién te ha puesto esta cosa tan tonta? —le preguntó al animal. De inmediato desabrochó el collar de cuero y lo tiró lejos. A continuación abrazó al enorme gato, que a su vez le empezó a lamer la cara. —No me puedo creer que estés de vuelta conmigo, Bartleby —repetía una y otra vez. —Yo tampoco me lo puedo creer. ¿De dónde demonios ha salido? —le preguntó Will a Chester, olvidando por el momento sus diferencias. Pese a las instrucciones que les había dado en sentido contrario, Will y Chester se encaminaron lentamente hacia Elliott. Will conectó su artilugio ocular para ver qué hacía. Ella apuntaba con el rifle hacia abajo, a no se sabía qué. Will seguía impresionado por la repentina aparición de Bartleby, y no empezó a comprender lo sucedido hasta que habló Chester: —Elliott le ha disparado varios tiros a alguien —comentó simplemente. —¡Dios mío! —exclamó Will al comprender que los destellos que había visto tenían que ser los disparos de la chica. Se quedó parado allí mismo, sin ningún deseo de acercarse más. Más allá, Elliott había apartado el arma del cuerpo de una patada y se había puesto en cuclillas para examinarlo. No hacía falta comprobar el pulso, porque había visto el charco de sangre que se extendía por el polvo y sabía que si el styx no había muerto ya, no tardaría en hacerlo. El primer disparo lo había hecho a la parte inferior del cuerpo para detener al atacante, y después, rápidamente, le había disparado a la cabeza, y la bala le había dado en la sien. «Primero incapacitar, y después matar». La puntería no había sido perfecta y la muerte no había sido tan limpia como le hubiera gustado, pero el