Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 429

— Sí. Así que dejadme que haga lo que mejor sé hacer— había respondido Elliott.
En aquel momento en que no la tenían de guía, Chester iba al frente del grupo, seguido de cerca por Will y Cal. Se sentían de pronto muy vulnerables sin la protección de su felina cuidadora.
Aunque el incesante vendaval los hacía sentirse bien, al mismo tiempo también los deshidrataba, y cuando Will propuso hacer un descanso para echar un trago, los otros dos no pusieron objeciones. Se apoyaron en la pared del túnel, tomando con placer unos sorbos de la cantimplora.
Como el problema entre Will y Chester no se había resuelto, ninguno de ellos hacía ningún esfuerzo por decir nada. Y Cal, con su cojera, tenía otros problemas con los que lidiar, de forma que permanecía tan callado como los otros dos.
Will observó a sus dos compañeros de viaje. Por la manera en que actuaban, sabía que no era el único que se preguntaba si Elliott los habría abandonado. El ya estaba preparado para tal cosa, pensando que ella sería perfectamente capaz de irse y dejarlos allí, entregados a su suerte. Porque sin ellos tres, ella podría desplazarse mucho más rápido para ir a las Ciénagas o a donde quisiera.
Will se preguntaba cómo se lo tomaría Chester si realmente ella les había hecho esa jugarreta. No cabía duda de que él confiaba completamente en ella, y de que eso sería para él un duro golpe. Al echarle un vistazo en aquellos momentos, Will vio que Chester aguzaba la vista en la penumbra tratando de descubrir algún indicio de ella.
De inmediato, por encima del aullido del viento, oyeron el más espantoso de los ruidos, un gemido grave.
En cuanto Will lo oyó, comprendió que iba directo hacia ellos. Era un sonido que había esperado no volver a oír nunca. Presa del pánico, gritó con alarma:—¡ Un perro! ¡ Un perro de presa! Tanto Cal como Chester lo miraron con perplejidad, en tanto él dejaba caer la cantimplora y saltaba hacia ellos. Tiró de ellos, para obligarlos a moverse.—¡ Corred!— gritó ciego de terror. Entonces, en tan sólo un segundo sucedieron varias cosas. Se oyó un suave gimoteo, y de la oscuridad surgió algo tan rápido que apenas se podía ver. Ese algo dio un brinco desde el suelo y se lanzó sobre Cal. Si el muchacho no hubiera estado tan cerca de la pared del túnel, lo habría derribado. Will se vio apartado del empujón, pero recobró enseguida el equilibrio. Vislumbró al sinuoso animal y se quedó aún más convencido de que era un perro de ataque de los styx.
— Sí. Así que dejadme que haga lo que mejor sé hacer— había respondido Elliott.
En aquel momento en que no la tenían de guía, Chester iba al frente del grupo, seguido de cerca por Will y Cal. Se sentían de pronto muy vulnerables sin la protección de su felina cuidadora.
Aunque el incesante vendaval los hacía sentirse bien, al mismo tiempo también los deshidrataba, y cuando Will propuso hacer un descanso para echar un trago, los otros dos no pusieron objeciones. Se apoyaron en la pared del túnel, tomando con placer unos sorbos de la cantimplora.
Como el problema entre Will y Chester no se había resuelto, ninguno de ellos hacía ningún esfuerzo por decir nada. Y Cal, con su cojera, tenía otros problemas con los que lidiar, de forma que permanecía tan callado como los otros dos.
Will observó a sus dos compañeros de viaje. Por la manera en que actuaban, sabía que no era el único que se preguntaba si Elliott los habría abandonado. El ya estaba preparado para tal cosa, pensando que ella sería perfectamente capaz de irse y dejarlos allí, entregados a su suerte. Porque sin ellos tres, ella podría desplazarse mucho más rápido para ir a las Ciénagas o a donde quisiera.
Will se preguntaba cómo se lo tomaría Chester si realmente ella les había hecho esa jugarreta. No cabía duda de que él confiaba completamente en ella, y de que eso sería para él un duro golpe. Al echarle un vistazo en aquellos momentos, Will vio que Chester aguzaba la vista en la penumbra tratando de descubrir algún indicio de ella.
De inmediato, por encima del aullido del viento, oyeron el más espantoso de los ruidos, un gemido grave.
En cuanto Will lo oyó, comprendió que iba directo hacia ellos. Era un sonido que había esperado no volver a oír nunca. Presa del pánico, gritó con alarma:—¡ Un perro! ¡ Un perro de presa! Tanto Cal como Chester lo miraron con perplejidad, en tanto él dejaba caer la cantimplora y saltaba hacia ellos. Tiró de ellos, para obligarlos a moverse.—¡ Corred!— gritó ciego de terror. Entonces, en tan sólo un segundo sucedieron varias cosas. Se oyó un suave gimoteo, y de la oscuridad surgió algo tan rápido que apenas se podía ver. Ese algo dio un brinco desde el suelo y se lanzó sobre Cal. Si el muchacho no hubiera estado tan cerca de la pared del túnel, lo habría derribado. Will se vio apartado del empujón, pero recobró enseguida el equilibrio. Vislumbró al sinuoso animal y se quedó aún más convencido de que era un perro de ataque de los styx.