Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Seite 424
hizo mucho más difícil.
Un poco más adelante llegaron a un tramo en el que la piedra resultaba caliente al tacto, y había pequeños charcos en los que el barro burbujeaba. Después pasaron una zona en la que salían pequeños chorros de vapor, como miniaturas de geiser: evidentemente, aquél era el origen de la omnipresente niebla que los rodeaba.
Aquello era bastante parecido a estar en una sauna con el calor puesto al máximo: resultaba intolerablemente cálido y húmedo. La respiración de Will era rápida, y se tiraba del cuello de la camisa en un vano intento de refrescarse. Y de vez en cuando el aire se impregnaba de hedores de azufre, hasta el punto de que Will se mareaba y se preguntaba cómo les iría a los demás.
Elliott les había permitido poner las lámparas al máximo, porque era muy improbable que la luz fuera vista en los confines de la grieta, y menos con aquella niebla que lo enmascaraba todo. Will lo agradeció profundamente porque, sin algo de iluminación para ver el camino, todo habría resultado espantosamente claustrofóbico.
En un par de ocasiones, oyó delante de él la voz de su hermano. A juzgar por las pestes que echaba, Cal parecía claramente descontento. Por supuesto, los tres muchachos daban rienda suelta a su malestar, entremezclando gruñidos y vocabulario selecto. Chester era el más parlanchín, y se desahogaba lanzando expresiones propias de un soldado mercenario. Sólo Elliott conservaba su talante taciturno, y avanzaba en silencio.
Un tirón de la cuerda proveniente de Chester le hizo darse cuenta a Will de que se había quedado un instante dormido, y enseguida volvió a avanzar aprisa. Pero al cabo de muy poco volvió a pararse. Al limpiarse el barro de los ojos, observó una charca enfangada que había a su lado, en la que se formaban burbujas que salían al aire haciendo un incesante glop … glop. Hubo otro tirón de cuerda demasiado fuerte.—¡ Muchas gracias, tío!— le gritó a Chester. Aquellos frecuentes tirones le recordaban constantemente a quién estaba atado. Sin tener otra cosa en qué pensar aparte de la extenuante subida, empezó a darles vueltas a algunas frases que le había dicho Chester: «¡ Las palabras no cuestan dinero, y menos las tuyas!» «¡ Y, sobre todo, estoy hasta las narices de ti!» En la mente de Will, aquellas frases sonaban altas y claras. ¿ Cómo era capaz de decir aquellas cosas?
hizo mucho más difícil.
Un poco más adelante llegaron a un tramo en el que la piedra resultaba caliente al tacto, y había pequeños charcos en los que el barro burbujeaba. Después pasaron una zona en la que salían pequeños chorros de vapor, como miniaturas de geiser: evidentemente, aquél era el origen de la omnipresente niebla que los rodeaba.
Aquello era bastante parecido a estar en una sauna con el calor puesto al máximo: resultaba intolerablemente cálido y húmedo. La respiración de Will era rápida, y se tiraba del cuello de la camisa en un vano intento de refrescarse. Y de vez en cuando el aire se impregnaba de hedores de azufre, hasta el punto de que Will se mareaba y se preguntaba cómo les iría a los demás.
Elliott les había permitido poner las lámparas al máximo, porque era muy improbable que la luz fuera vista en los confines de la grieta, y menos con aquella niebla que lo enmascaraba todo. Will lo agradeció profundamente porque, sin algo de iluminación para ver el camino, todo habría resultado espantosamente claustrofóbico.
En un par de ocasiones, oyó delante de él la voz de su hermano. A juzgar por las pestes que echaba, Cal parecía claramente descontento. Por supuesto, los tres muchachos daban rienda suelta a su malestar, entremezclando gruñidos y vocabulario selecto. Chester era el más parlanchín, y se desahogaba lanzando expresiones propias de un soldado mercenario. Sólo Elliott conservaba su talante taciturno, y avanzaba en silencio.
Un tirón de la cuerda proveniente de Chester le hizo darse cuenta a Will de que se había quedado un instante dormido, y enseguida volvió a avanzar aprisa. Pero al cabo de muy poco volvió a pararse. Al limpiarse el barro de los ojos, observó una charca enfangada que había a su lado, en la que se formaban burbujas que salían al aire haciendo un incesante glop … glop. Hubo otro tirón de cuerda demasiado fuerte.—¡ Muchas gracias, tío!— le gritó a Chester. Aquellos frecuentes tirones le recordaban constantemente a quién estaba atado. Sin tener otra cosa en qué pensar aparte de la extenuante subida, empezó a darles vueltas a algunas frases que le había dicho Chester: «¡ Las palabras no cuestan dinero, y menos las tuyas!» «¡ Y, sobre todo, estoy hasta las narices de ti!» En la mente de Will, aquellas frases sonaban altas y claras. ¿ Cómo era capaz de decir aquellas cosas?