Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 413
las alas al apartarse, emitiendo grititos inquietantes, grititos como de niños pequeños
que experimentaran un terrible dolor y se quejaran para dar pena.
—Es realmente espeluznante —dijo Chester, algo más tranquilo al ver que
aquellos animales no parecían representar ningún peligro.
Empezaron a sacudir las alas, apartando de ese modo la niebla. Will se fijó en que
eran alas angulares con una zarpa prensil en el borde principal. Los lagartos tenían el
cuerpo bulboso, con un tórax afilado y un abdomen regordete que, al igual que las
alas, tenían un brillo grisáceo semejante al de la pizarra pulida. La cabeza tenía forma
de cilindro aplanado con la punta redondeada, y estaba sostenida por un cuello largo y
delgado. Las fauces, que se abrían y volvían a cerrar, carecían de dientes.
El paso decidido de Elliott por entre la colonia de lagartos pareció molestarlos
tanto que empezaron a emprender el vuelo. Para hacerlo necesitaban tomar carrera,
dando unos pasos extrañamente rígidos y mecánicos antes de poder levantarse del
suelo.
Al cabo de unos segundos el aire estaba cuajado de cientos de aquellas criaturas
que echaban a volar, batiendo las alas y rasgando el aire, de forma que producían un
zumbido continuo. Los extraños e inquietantes grititos prosiguieron, extendiéndose
por la colonia como el fuego, como si se pasaran unos a otros la señal de alarma.
Cuando estuvieron todos en el aire, se reunieron formando una sola bandada sobre las
aguas. Will miraba por la lente, embelesado, aquella masa de lagartos voladores, como
una mancha anaranjada que desaparecía en la distancia en una migración masiva.
—Moveos —gritó Elliott—. No tenemos tiempo para visitas turísticas. —Les hacía
gestos de impaciencia con la mano, indicando que la siguieran por la playa. Había
hablado en tal tono que Will comprendió que no le contestaría con mucha amabilidad
si preguntaba por los lagartos.
—¿No te han parecido fabulosos…? Me hubiera gustado hacerles una foto —le
comentó a Chester mientras se apresuraban para alcanzar a Elliott, que se iba derecha
hacia la pared de la caverna.
Chester no parecía entusiasmado.
—Sí, sí. Podíamos enviarles una postal a los «compás» —le respondió en voz alta
—. «Cómo me gustaría que vosotros también estuvierais aquí. Lo estamos pasando de
maravilla… en la tierra de los dragones parlantes».
—Has leído demasiadas novelas fantásticas. No son dragones parlantes —
respondió Will con brusquedad. Se había quedado tan extasiado con el último