Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 412

pero vieron que el agua no tenía más de un metro de profundidad, aunque notaban la fuerza de las corrientes invisibles contra las piernas. Con cuidado de no resbalar en la irregular superficie que tenían bajo los pies, caminaron hacia la orilla rocosa mientras Elliott metía el bote en un pequeño brazo de mar, seguramente con intención de esconderlo. Mientras salían del agua, se oyó un ruido de rasponazos: el que hizo el bote al encallar en la orilla.
—¿ No deberíamos echar una mano …? Elliott …— le sugería Chester a Will cuando ambos notaron un abrupto cambio en la playa que se extendía a ambos lados. El ruido del bote provocó que algo ocurriera al instante, algo que producía un rumor sordo, aunque la capa de niebla impedía ver qué era lo que lo causaba. Will y Chester estaban casi fuera del agua, y Cal, que se movía por las peñas unos veinte pasos por delante de ellos, había comprendido también que pasaba algo.
Los tres se quedaron quietos en su sitio mientras proseguía aquel rumor sordo. Había una extraña agitación, como si las rocas mismas despertaran a la vida y, de inmediato, montones de lucecitas se hicieron visibles justo por encima de la manta de niebla, parpadeando como pares de llamas de velas agitadas por una corriente de aire.—¡ Ojos … ojos!— exclamó Chester, tartamudeando—. ¡ Son ojos! Tenía razón: los ojos recibían la luz de las lámparas que él y Cal llevaban y devolvían el reflejo como si fueran balizas luminosas en medio de una carretera. Mirando por el artilugio ocular, Will veía aún más que los demás. Vio que lo que al principio había pensado que era la escarpada formación rocosa de los promontorios y la playa que unía uno con otro era en realidad algo más: era una alfombra viviente, y en una fracción de segundo toda la zona estaba llena de un movimiento que se extendía por todas partes con un gran alboroto … Y extraños golpes como de goma.
Al abrirse una zona de niebla, Will descubrió una especie de aves, como cigüeñas de largas patas, que abrían las alas. Pero no eran aves: eran lagartos, lagartos como no había visto nunca.
—¿ Y ahora qué hacemos?— preguntó Chester, muerto de miedo, acercándose a Will.
—¡ Will!— gritó Cal moviéndose indeciso, pero enseguida empezó a retroceder para volver al agua.
—¿ Dónde está Elliott?— preguntó Chester. Los tres la buscaron para ver cómo reaccionaba, y la vieron andar por la playa con paso decidido. Sin mostrar la más leve preocupación, la chica se abría camino por entre aquellas criaturas, que desplegaban
pero vieron que el agua no tenía más de un metro de profundidad, aunque notaban la fuerza de las corrientes invisibles contra las piernas. Con cuidado de no resbalar en la irregular superficie que tenían bajo los pies, caminaron hacia la orilla rocosa mientras Elliott metía el bote en un pequeño brazo de mar, seguramente con intención de esconderlo. Mientras salían del agua, se oyó un ruido de rasponazos: el que hizo el bote al encallar en la orilla.
—¿ No deberíamos echar una mano …? Elliott …— le sugería Chester a Will cuando ambos notaron un abrupto cambio en la playa que se extendía a ambos lados. El ruido del bote provocó que algo ocurriera al instante, algo que producía un rumor sordo, aunque la capa de niebla impedía ver qué era lo que lo causaba. Will y Chester estaban casi fuera del agua, y Cal, que se movía por las peñas unos veinte pasos por delante de ellos, había comprendido también que pasaba algo.
Los tres se quedaron quietos en su sitio mientras proseguía aquel rumor sordo. Había una extraña agitación, como si las rocas mismas despertaran a la vida y, de inmediato, montones de lucecitas se hicieron visibles justo por encima de la manta de niebla, parpadeando como pares de llamas de velas agitadas por una corriente de aire.—¡ Ojos … ojos!— exclamó Chester, tartamudeando—. ¡ Son ojos! Tenía razón: los ojos recibían la luz de las lámparas que él y Cal llevaban y devolvían el reflejo como si fueran balizas luminosas en medio de una carretera. Mirando por el artilugio ocular, Will veía aún más que los demás. Vio que lo que al principio había pensado que era la escarpada formación rocosa de los promontorios y la playa que unía uno con otro era en realidad algo más: era una alfombra viviente, y en una fracción de segundo toda la zona estaba llena de un movimiento que se extendía por todas partes con un gran alboroto … Y extraños golpes como de goma.
Al abrirse una zona de niebla, Will descubrió una especie de aves, como cigüeñas de largas patas, que abrían las alas. Pero no eran aves: eran lagartos, lagartos como no había visto nunca.
—¿ Y ahora qué hacemos?— preguntó Chester, muerto de miedo, acercándose a Will.
—¡ Will!— gritó Cal moviéndose indeciso, pero enseguida empezó a retroceder para volver al agua.
—¿ Dónde está Elliott?— preguntó Chester. Los tres la buscaron para ver cómo reaccionaba, y la vieron andar por la playa con paso decidido. Sin mostrar la más leve preocupación, la chica se abría camino por entre aquellas criaturas, que desplegaban