Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 411
crepitante nieve de color anaranjado que se iba asentando hasta formar una imagen
coherente, fue distinguiendo que se hallaban más cerca de la costa. El bote se
deslizaba hacia lo que Will pensó que era una especie de cabo, aunque no podía verlo
bien, ni siquiera con el artilugio.
Mientras seguían deslizándose, unos dedos plateados se extendían sobre la
superficie del agua. Era una neblina tenue que se alargaba hacia ellos y terminó
engordando tanto que empezó a meterse dentro del bote. A los pies de Chester, la
lámpara arrojaba una luz difusa por entre la niebla que la hacía parecer leche y
otorgaba a las caras un brillo misterioso. Un poco después ya no podían ver nada por
debajo de la cintura. Era una extraña sensación eso de estar allí sentado, con la manta
extendida uniformemente sobre los pies, mientras se abrían camino por entre ella
montados en un bote invisible. Y era como si aquella niebla tuviera la capacidad de
absorber todo sonido, sofocando incluso el murmullo de las olas hasta hacerlo casi
inapreciable.
El calor aumentaba claramente a medida que avanzaban, y aunque ninguno de
ellos decía una palabra, tenían la sensación de que la presión los empujaba hacia
abajo. Fuera por efecto de la oscuridad producida por la niebla o por algún otro
fenómeno, el caso es que los cuatro experimentaron la misma sensación de melancolía
y desamparo.
El bote siguió deslizándose durante otros veinte minutos, hasta que entraron en
una especie de cueva o de bahía. El triste silencio se quebró cuando la quilla del bote
chocó contra las piedras y el bote encalló. Fue extraño, como si el embrujo hubiera
quedado roto, como si los cuatro acabaran de despertar de un inquieto sueño.
Elliott no perdió el tiempo y saltó del bote. Oyeron sonidos de chapoteo cuando
los pies de ella tocaron fondo, pero no había forma de saber lo profunda que era el
agua, porque la niebla le llegaba por encima de los muslos. Caminó hasta la proa y,
guiando el bote, tiró con fuerza de él.
Will dirigió su atención a la costa y vio que acababan de llegar a lo que parecía
una bahía situada entre dos promontorios que penetraban en el agua. La niebla se
movía perezosamente fuera de la cala, se desmenuzaba en pedazos entre las
numerosas rocas afiladas. Se quedaron donde estaban mientras Elliott tiraba del bote y
lo arrastraba una breve distancia. Después les mandó desembarcar y, uno tras otro,
salieron del bote casi a regañadientes, cogiendo sus cosas.
Los muchachos estaban recelosos porque no podían distinguir adonde saltaban,