Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Seite 404

papá!— dijo imitando una voz de megáfono.— Calla, ¿ quieres?— repuso Chester con una amplia sonrisa. La sincronización era caótica, por decir poco, pero a Will le parecía que moverse en bote era la mejor manera de desplazarse. El ejercicio físico de remar le apartaba las telarañas de la mente, y hacía días que no se encontraba con la cabeza tan despejada. Y la leve brisa que soplaba por encima del agua bastaba para secarle el sudor de la frente mientras se afanaba sobre los remos. Se sentía lleno de energía.
Parecía que iban a buen ritmo, aunque Will no veía la costa. Ni ninguna otra cosa, en realidad. La interminable oscuridad y la invisible extensión de agua que los rodeaba resultaban sobrecogedores. La única luz que había salía de la lámpara de Chester, que estaba puesta al mínimo y descansaba en el fondo del bote.
Elliott iba sentada en la popa y, como siempre, observaba tras ellos, vigilante, aunque la isla se había perdido de vista hacía tiempo. Sentados de cara a ella, Will y Chester apenas distinguían otra cosa que su silueta. Esperaban que les diera instrucciones, pero pasó un tiempo larguísimo hasta que abrió la boca.
De repente, les dijo que descansaran, y Will y Chester posaron los remos, aunque el bote siguió avanzando por sí solo sorprendentemente rápido, como si lo llevara una fuerte corriente. Pero Will no prestó mucha atención a ese hecho mientras bajaba la cabeza sobre el lateral del bote. A menos que se equivocara, veía en el agua unas formas débiles y borrosas. Cobraban intensidad y se desvanecían repentinamente, y no pudo saber muy bien qué eran. Algunas eran pequeñas y se desplazaban rápido, mientras que otras, que eran más grandes, se movían despacio y desprendían una luz mucho más fuerte.
Ante sus ojos embelesados, la cara amplia y plana de un pez, que tal vez tuviera medio metro de una agalla a la otra, cabeceó justo por debajo de la superficie del agua. Entre sus grandes ojos tenía una larga protuberancia en cuya punta palpitaba una luz verdosa. Abrió la boca para soltar un racimo de burbujas, la volvió a cerrar y se sumergió. Con un escalofrío de emoción, Will descubrió enseguida la semejanza de aquel pez con el rape, que habita en las profundidades de los océanos de la Superficie. Comprendió que debía de haber todo un ecosistema oculto bajo aquellas olas: criaturas vivientes que generaban su propia luz.
Casi como había hecho el pez, abrió la boca para decir a Elliott y a los otros algo sobre su descubrimiento cuando lo dejó mudo un pequeño chapoteo que oyó, como si alguien hubiera tirado una piedra al agua a unos veinte metros de babor.
papá!— dijo imitando una voz de megáfono.— Calla, ¿ quieres?— repuso Chester con una amplia sonrisa. La sincronización era caótica, por decir poco, pero a Will le parecía que moverse en bote era la mejor manera de desplazarse. El ejercicio físico de remar le apartaba las telarañas de la mente, y hacía días que no se encontraba con la cabeza tan despejada. Y la leve brisa que soplaba por encima del agua bastaba para secarle el sudor de la frente mientras se afanaba sobre los remos. Se sentía lleno de energía.
Parecía que iban a buen ritmo, aunque Will no veía la costa. Ni ninguna otra cosa, en realidad. La interminable oscuridad y la invisible extensión de agua que los rodeaba resultaban sobrecogedores. La única luz que había salía de la lámpara de Chester, que estaba puesta al mínimo y descansaba en el fondo del bote.
Elliott iba sentada en la popa y, como siempre, observaba tras ellos, vigilante, aunque la isla se había perdido de vista hacía tiempo. Sentados de cara a ella, Will y Chester apenas distinguían otra cosa que su silueta. Esperaban que les diera instrucciones, pero pasó un tiempo larguísimo hasta que abrió la boca.
De repente, les dijo que descansaran, y Will y Chester posaron los remos, aunque el bote siguió avanzando por sí solo sorprendentemente rápido, como si lo llevara una fuerte corriente. Pero Will no prestó mucha atención a ese hecho mientras bajaba la cabeza sobre el lateral del bote. A menos que se equivocara, veía en el agua unas formas débiles y borrosas. Cobraban intensidad y se desvanecían repentinamente, y no pudo saber muy bien qué eran. Algunas eran pequeñas y se desplazaban rápido, mientras que otras, que eran más grandes, se movían despacio y desprendían una luz mucho más fuerte.
Ante sus ojos embelesados, la cara amplia y plana de un pez, que tal vez tuviera medio metro de una agalla a la otra, cabeceó justo por debajo de la superficie del agua. Entre sus grandes ojos tenía una larga protuberancia en cuya punta palpitaba una luz verdosa. Abrió la boca para soltar un racimo de burbujas, la volvió a cerrar y se sumergió. Con un escalofrío de emoción, Will descubrió enseguida la semejanza de aquel pez con el rape, que habita en las profundidades de los océanos de la Superficie. Comprendió que debía de haber todo un ecosistema oculto bajo aquellas olas: criaturas vivientes que generaban su propia luz.
Casi como había hecho el pez, abrió la boca para decir a Elliott y a los otros algo sobre su descubrimiento cuando lo dejó mudo un pequeño chapoteo que oyó, como si alguien hubiera tirado una piedra al agua a unos veinte metros de babor.