Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Página 403

42 —¡Ahora!, ¡ahora!, ¡ahora! —decía Chester, acompañando los esfuerzos que hacían él y Will con los remos. Chester les había dicho que había aprendido a remar con su padre, y Elliott se mostró dispuesta a dejarles tomar el control de la embarcación en cuanto se subieron al destartalado bote. De hecho, la palabra «bote» le venía demasiado grande a aquella especie de canoa que había crujido amenazadoramente en el instante en que habían subido a ella. Tenía unos cuatro metros de largo, y estaba formada por un esqueleto de madera sobre el que habían tensado y atado algo que parecían pieles. Estaba claro que no estaba pensada para transportar a cuatro pasajeros, y menos con todo el equipo que llevaban ellos. Apretujado en la proa del bote, Cal refunfuñaba a media voz mientras trataba de poner la pierna en una posición menos insatisfactoria. Intentaba ponerse de tal manera que pudiera estirarla, algo que resultaba casi imposible teniendo a Will tan cerca de él. —¡Vamos, un poco de cuidado! ¡No hay manera de remar si sigues así! —protestó Will cuando su hermano le pegó por enésima vez en la espalda tratando de colocarse. Cal encontró al final que la posición óptima para él era quedarse en el fondo del bote con la cabeza empotrada en la uve de la proa. Así colocado, podía poner la pierna mala sobre un lateral y extenderla completamente. —¡Qué bien viven algunos! —bromeó Will entre resoplidos al vislumbrar con el rabillo del ojo la curiosa visión del pie en el aire, y se volvió para ver a su hermano reclinado detrás de él—. Esto no es un crucero de placer, ¿sabías? —Ahora… ahor… ¡Concéntrate, Will! —ordenó Chester, esforzándose en que su amigo y él remaran al mismo tiempo. Enseguida quedó claro que Chester tampoco tenía ni idea de lo que hacía, pese a lo que había dicho. Con demasiada frecuencia, los remos apenas rozaban la superficie del agua, pero sí acababan salpicándolos a todos. —¿Dónde dices que aprendiste a remar? —le preguntó Will—. ¿En Legolandia? —No, en Disneylandia —admitió Chester. —¡Bromeas! —exclamó Will—. ¡Adelante, que pase el siguiente niño con su