Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Página 403
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—¡Ahora!, ¡ahora!, ¡ahora! —decía Chester, acompañando los esfuerzos que hacían
él y Will con los remos. Chester les había dicho que había aprendido a remar con su
padre, y Elliott se mostró dispuesta a dejarles tomar el control de la embarcación en
cuanto se subieron al destartalado bote. De hecho, la palabra «bote» le venía
demasiado grande a aquella especie de canoa que había crujido amenazadoramente en
el instante en que habían subido a ella. Tenía unos cuatro metros de largo, y estaba
formada por un esqueleto de madera sobre el que habían tensado y atado algo que
parecían pieles.
Estaba claro que no estaba pensada para transportar a cuatro pasajeros, y menos
con todo el equipo que llevaban ellos. Apretujado en la proa del bote, Cal
refunfuñaba a media voz mientras trataba de poner la pierna en una posición menos
insatisfactoria. Intentaba ponerse de tal manera que pudiera estirarla, algo que
resultaba casi imposible teniendo a Will tan cerca de él.
—¡Vamos, un poco de cuidado! ¡No hay manera de remar si sigues así! —protestó
Will cuando su hermano le pegó por enésima vez en la espalda tratando de colocarse.
Cal encontró al final que la posición óptima para él era quedarse en el fondo del bote
con la cabeza empotrada en la uve de la proa. Así colocado, podía poner la pierna
mala sobre un lateral y extenderla completamente.
—¡Qué bien viven algunos! —bromeó Will entre resoplidos al vislumbrar con el
rabillo del ojo la curiosa visión del pie en el aire, y se volvió para ver a su hermano
reclinado detrás de él—. Esto no es un crucero de placer, ¿sabías?
—Ahora… ahor… ¡Concéntrate, Will! —ordenó Chester, esforzándose en que su
amigo y él remaran al mismo tiempo. Enseguida quedó claro que Chester tampoco
tenía ni idea de lo que hacía, pese a lo que había dicho. Con demasiada frecuencia, los
remos apenas rozaban la superficie del agua, pero sí acababan salpicándolos a todos.
—¿Dónde dices que aprendiste a remar? —le preguntó Will—. ¿En Legolandia?
—No, en Disneylandia —admitió Chester.
—¡Bromeas! —exclamó Will—. ¡Adelante, que pase el siguiente niño con su