Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 395
Muy desanimada, Sarah estaba sentada en la playa. Tenía la barbilla sobre las rodillas y los brazos rodeando las piernas. Había abandonado todo intento de ocultarse: había puesto la lámpara a máxima potencia y, en compañía de Bartleby, contemplaba cómo rompían en la playa las olas del mar.
Había hecho lo que le habían mandado los Limitadores, y había ido por la orilla, pero se preguntaba a sí misma, medio en broma, si no se trataría solamente de una táctica para quitársela de en medio. No había ninguna razón para que fuera por allí.
Al caminar, se había dado cuenta de que Bartleby había perdido todos sus bríos en cuanto había dejado de seguir el rastro. No podía continuar enfadada con él por su comportamiento, porque había algo totalmente conmovedor en la tenacidad con que había corrido tras su amo. No dejaba de recordarse a sí misma que aquel cazador era la mascota de Cal, y lo cierto es que el animal había pasado con él más tiempo que ella, ¡ y eso que ella era su madre!
Con un acceso de cariño, observó las grandes paletillas de Bartleby elevarse y caer hipnóticamente, primero de un lado, luego del otro, mientras él se escabullía. Bajo la piel suelta y sin pelo, las paletillas le habían sobresalido al andar incluso en sus mejores tiempos, pero resultaban más prominentes ahora que le colgaba tanto el pellejo del cuello. Tenía la cabeza a sólo unos centímetros del suelo y, aunque Sarah no podía verle los ojos, daba toda la impresión de que no le interesaba en absoluto nada de lo que le rodeaba; su deambular sin rumbo lo dejaba bien claro: sentía exactamente lo mismo que ella. Y ahora, sentada con él en la playa, no podía contener la frustración.— La caza del gamusino— rezongó dirigiéndose al gato. Él se rascaba la oreja con una zarpa como si le doliera—. ¿ Has probado carne de gamusino alguna vez?— le preguntó, y él se quedó parado, con la pata trasera levantada en el aire, mirándola con sus ojos brillantes y enormes—. ¡ Dios mío, no sé lo que me digo!— admitió, y se recostó en la blanca arena mientras Bartleby volvía a rascarse—. Ni lo que me hago— confesó dirigiéndose esta vez al invisible techo de piedra que había por encima de la
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Muy desanimada, Sarah estaba sentada en la playa. Tenía la barbilla sobre las rodillas y los brazos rodeando las piernas. Había abandonado todo intento de ocultarse: había puesto la lámpara a máxima potencia y, en compañía de Bartleby, contemplaba cómo rompían en la playa las olas del mar.
Había hecho lo que le habían mandado los Limitadores, y había ido por la orilla, pero se preguntaba a sí misma, medio en broma, si no se trataría solamente de una táctica para quitársela de en medio. No había ninguna razón para que fuera por allí.
Al caminar, se había dado cuenta de que Bartleby había perdido todos sus bríos en cuanto había dejado de seguir el rastro. No podía continuar enfadada con él por su comportamiento, porque había algo totalmente conmovedor en la tenacidad con que había corrido tras su amo. No dejaba de recordarse a sí misma que aquel cazador era la mascota de Cal, y lo cierto es que el animal había pasado con él más tiempo que ella, ¡ y eso que ella era su madre!
Con un acceso de cariño, observó las grandes paletillas de Bartleby elevarse y caer hipnóticamente, primero de un lado, luego del otro, mientras él se escabullía. Bajo la piel suelta y sin pelo, las paletillas le habían sobresalido al andar incluso en sus mejores tiempos, pero resultaban más prominentes ahora que le colgaba tanto el pellejo del cuello. Tenía la cabeza a sólo unos centímetros del suelo y, aunque Sarah no podía verle los ojos, daba toda la impresión de que no le interesaba en absoluto nada de lo que le rodeaba; su deambular sin rumbo lo dejaba bien claro: sentía exactamente lo mismo que ella. Y ahora, sentada con él en la playa, no podía contener la frustración.— La caza del gamusino— rezongó dirigiéndose al gato. Él se rascaba la oreja con una zarpa como si le doliera—. ¿ Has probado carne de gamusino alguna vez?— le preguntó, y él se quedó parado, con la pata trasera levantada en el aire, mirándola con sus ojos brillantes y enormes—. ¡ Dios mío, no sé lo que me digo!— admitió, y se recostó en la blanca arena mientras Bartleby volvía a rascarse—. Ni lo que me hago— confesó dirigiéndose esta vez al invisible techo de piedra que había por encima de la