Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 396

oscuridad. ¿Qué habría pensado Tam de todo aquello? Y más concretamente, ¿qué habría pensado de ella si estuviera viéndola? Sarah había doblado la cerviz ante una patrulla de aquellos necrófagos Limitadores. Estaba tratando de averiguar si de verdad Will era el culpable de la muerte de su hermano, y también trataba de recuperar a Cal para llevárselo de regreso, sano y salvo, a la Colonia. Pero parecía que estaba muy lejos de conseguir ninguna de las dos cosas. Sentía que había fracasado completamente. «¿Por qué no les hice frente?», se preguntaba. —La puñetera debilidad —dijo en voz alta—. ¡Ése es el por qué! Se preguntaba cómo resultarían las cosas si los Limitadores cogían vivo a Will. Si lo hacían, y ella se las veía cara a cara con él después de que lo capturaran, ¿qué iba a hacer? Los Limitadores esperarían seguramente que lo matara a sangre fría. Pero no podía hacerlo, no sin saber si de verdad era culpable o no. No obstante, si no lo hacía, la alternativa sería peor para él, increíblemente peor. Porque las torturas que tendría que soportar a manos de Rebecca y de los styx serían inimaginables. Al pensar en esto se daba cuenta de lo intensos que eran los sentimientos hacia su hijo, pese a todo lo que hubiera hecho. ¡Ella era su madre! Y el caso era que no lo conocía en absoluto. Realmente, ¿podía él ser capaz de traicionar a su propia familia? Tenía que encontrarlo antes que los demás, porque eso de no conocer la verdad la iba a volver loca. El curso de sus pensamientos la llevó otra vez hasta Tam, y de pronto volvió a sentir la rabia de su muerte. Sintió que le hervía la sangre. Arqueando la espalda, apretó fuertemente la cabeza contra la arena. —¡Tam! —gritó. Alarmado por este arranque, Bartleby se puso en pie. La miró sin comprender mientras ella aflojaba la tensión de la columna vertebral y volvía a relajarse, tendida sobre la arena de la playa, en un silencio triste y falto de esperanza. No había salida para su ira, ningún medio de canalizarla. Era como un juguete mecánico al que Rebecca y los suyos habían dado cuerda y al que dejarían moverse hasta que se parara en seco. Bartleby terminó su aseo y emitió algunos sonidos, como si tratara de escupir granos de arena de la boca. A continuación, bostezó ostentosamente. Se sentó sobre las ancas, y al hacerlo soltó gases con el volumen de una corneta que toca a retirada. A Sarah no le produjo ninguna sorpresa. Se había dado cuenta de que Bartleby