—«Enl»… ¡No, «enl» no! Veamos, tú eres una palabra bastante fácil… «Del». —
Tomó aliento y juntó todo lo que había descubierto hasta el momento—: O sea que
tenemos «Jardín del…» —proclamó.
Pero tropezó en la siguiente palabra.
—¡Piensa, piensa, piensa! —se decía, dándose a cada «piensa» una palmada en la
frente—. ¡Completa tu descubrimiento, Burrows, no seas zoquete! —gruñó, molesto
porque su mente no parecía trabajar a pleno rendimiento—. ¿Qué es lo que falta?
Pero el resto de las palabras no se dejaban descifrar tan fácilmente, y se sintió
frustrado de que le costara tanto trabajo traducirlas. Examinó la parte final de la
inscripción, esperando que sonara la flauta.
Justo entonces se avivó el fuego, porque había prendido un trozo más grueso que
emitía un silbido. El doctor Burrows vio algo con el rabillo del ojo, y lentamente
apartó la cara del panel.
A la intensa luz que en aquel momento proyectaba el fuego, podía distinguir unos
grandes huecos, o tal vez agujeros, a lo largo de las paredes laterales del templo.
Muchos.
—Qué raro —murmuró arrugando el entrecejo—. No los había visto antes.
No, no eran agujeros… Se movían.
Se giró completamente. Soltó un grito de sorpresa.
Ante él tenía tantos ácaros del polvo gigantes que ni siquiera podía empezar a
contarlos. Era como si aquel del que se había hecho amigo hubiera convocado a toda
su familia, y se hubieran congregado cientos de ellos para formar una parroquia de
pesadilla en el interior del templo. Entre ellos había gigantes tres o cuatro veces más
grandes que el acaro del polvo que le había acompañado hasta allí: tan grandes como
un tanque, y su coraza parecía igual de fuerte.
En reacción a su grito, empezaron a moverse y a hacer aquel sonido de castañeteo
con las pinzas, como si recibieran al doctor Burrows con aplausos. Varios de ellos
comenzaron a avanzar hacia él con esa determinación lenta y mecánica que sólo
poseen los insectos. Eso le heló la sangre.
No le había dado demasiado miedo el primer acaro del polvo (aunque al principio
había tenido mucho cuidado en guardar las distancias, lo cierto es que no se había
sentido amenazado por él), pero esto ya era harina de otro costal. Estos eran
demasiados y demasiado grandes, y parecían también demasiado hambrientos. De
pronto se vio a sí mismo como un bocado considerable y suculento, presentado en el