Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 389

altar del templo para resultar aún más apetecible. «¡Santo Dios, santo Dios, santo Dios!», era lo que le venía una y otra vez a la cabeza. Algunos de los más grandes, que eran bestias de aspecto pavoroso con el caparazón dentado y abollado, empezaron a avanzar más rápido que los demás, apartando del camino a los más pequeños. Era como si hubiera ido andando por la selva y al llegar a un claro se hubiera dado cuenta de que estaba lleno de rinocerontes enojados. Ni aquello sería una situación de envidiar, ni esto lo era tampoco. Cogió la mochila, metió en ella el diario, y se la echó a la espalda, poniendo la mente a funcionar a toda velocidad: tenía que salir de allí, y rápido. Los ácaros del polvo se le acercaban lentamente, y sus patas articuladas hacían un ruido sordo al golpear contra las losas del suelo. Al subir por encima de los bancos, algunos se levantaban sobre las patas de atrás y dejaban en el aire las gruesas patas de delante, concediendo al doctor Burrows la posibilidad de echar un vistazo a la parte inferior de su cuerpo, que era de un negro brillante. Estaba rodeado. Los tenía por todas partes. Se le acercaban de frente y por los lados, como tanques de una división acorazada, sólo que aquellos tanques eran de una especie devoradora de carne. «¡Santo Dios, santo Dios, santo Dios!» Asustado, se preguntó si podría salir corriendo por encima de los ácaros del polvo, saltando de lomo en lomo como si fueran los techos de los coches en un embotellamiento. No; la idea no era del todo mala, pero estaba seguro de que aquellos bichos no se quedarían parados dejándole hacer. Sabía que no era posible, y la cosa no iba a resultar tan fácil. Además, prefería no regresar a la caverna, donde podía estar esperándolo la criatura voladora. Cogió un palo del fuego y lo agitó ante los ácaros, tratando de espantarlos con las llamas. Los más cercanos se hallaban ya a muy pocos metros de la base del altar, y los otros se le acercaban por los lados con un avance constante. Las llamas no produjeron ningún efecto. De hecho, parecía más bien al contrario, que los atraían, porque empezaron a avanzar un poco más rápido. Desesperado, el doctor Burrows le lanzó con todas sus fuerzas el palo ardiendo a un gran ácaro del polvo. El palo rebotó en el caparazón sin infligir daño alguno, y no ralentizó su avance ni por un instante. «¡Santo Dios, santo Dios, santo Dios, no!»