Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 386

de lo que hay allí arriba, algo que sirve para refrescarle la memoria a todo un pueblo, tal vez? ¿Una nota de esas que se dejan en la puerta de la nevera, pero destinada a ser leída por los habitantes del mundo subterráneo? ¿Y quiénes son esas gentes? ¿Son realmente una cultura extinguida, o los antepasados de los egipcios, o (más probablemente) fenicios, o… o tal vez algo aún más increíble? —Negó con la cabeza —. ¿Será posible que fueran evacuados de la ciudad perdida de la Atlántida? ¿Será posible? Se echó el freno, comprendiendo que estaba llegando demasiado lejos antes de llevar a cabo una investigación completa. —Y sea cual sea tu mensaje, me pregunto por qué quisieron colocarte aquí. ¡Ah, tú encierras un verdadero misterio! La verdad es que no consigo entenderte. —Y diciendo eso, se quedó callado, perdido en sus pensamientos y mordiéndose los labios resecos y pelados—. Tal vez tú tengas la respuesta —murmuró para sí mismo dirigiéndose al panel central. No estaba en absoluto preparado para lo que iba a encontrar en él. Porque en el que por derecho propio tenía que ser el más importante de los tres paneles, esperaba hallar algo impresionante, tal vez un símbolo religioso, una imagen suprema. Y sin embargo resultó ser con diferencia el menos llamativo de los tres paneles. —Bien, bien, bien —dijo. Tenía ante él la representación de un agujero en el suelo, un agujero circular con escarpados bordes de piedra. La perspectiva en que estaba plasmado permitía vislumbrar por dentro del agujero hasta bastante hondo, pero no se veía nada en él más que las paredes de piedra. —¡Ah! —exclamó agachándose hacia delante y observando unas diminutas figuras humanas que se hallaban en el borde mismo del agujero—. Veamos qué más me quieres decir. Ahora comprendo que eres un agujero gigantesco —dijo acercándose para limpiar con el pulgar el polvo de las pequeñas figuras que no eran mucho más grandes que hormigas. Siguió haciéndolo durante un rato, encontrando cada vez más liliputienses en procesión hasta que de repente dejó de restregar y retiró la mano. Había visto que, a la izquierda de la procesión, había un cierto número de aquellas diminutas formas humanas con las piernas y los brazos abiertos que parecían caer en caída libre. Se desplomaban por la boca del enorme agujero, y mientras lo hacían, unas extrañas criaturas aladas sobrevolaban por encima de ellos. El doctor Burrows se