Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 378

caliente levantada por el batir de las oscuras alas del animal. ¡Estaba allí mismo! A cuatro patas, el doctor Burrows volvió la cabeza, desesperado, para atisbar qué era. Sabía que estaba trazando un círculo por encima de él, pero bastante cerca, y que de un momento a otro descendería para agarrar a su presa. ¿Iba a ser ésa la forma de su muerte? ¿Acabaría siendo presa de una bestia voladora subterránea? La imaginación le daba vueltas, con ideas diversas sobre qué tipo de criatura era aquélla. Pero volvió a salir corriendo, medio a rastras, como un loco. Tenía que encontrar un refugio, y rápido. Con la cabeza gacha, chocó contra algo. Cayó sobre el vientre medio aturdido, e inmediatamente trató de ver contra qué se había dado. Seguía en el camino, así que adivinó que se encontraba en el lugar al que había acudido el acaro del polvo. Había llegado a la pared de la caverna: eso era todo lo que sabía. Pero había más. Ante él tenía una entrada excavada en la pared de roca, con un dintel claramente definido situado a unos veinte metros de altura. Lanzó un grito de alivio, atreviéndose a pensar que había encontrado un refugio seguro. Volvió a ponerse a gatas, pensando que era más seguro no sobresalir mucho del suelo. Al avanzar se raspaba las rodillas y las pantorrillas, y los nudillos se le quedaron en carne viva. No se detuvo hasta que comprendió que llevaba un tiempo sin oír el alarido del animal. ¿Se hallaría ya a salvo? Cayó tendido en el suelo y se encogió, incapaz de contener los fuertes temblores. Eran efectos posteriores al pánico. Se dio cuenta de que no podía dejar de temblar, pese al hecho de que todo hubiera quedado tan tranquilo y calmado. Como para coronarlo todo, empezó a sufrir un ataque de hipo que le provocaba cada medio minuto un pequeño espasmo. Tras unos minutos, se estiró sobre el suelo y, todavía con su hipo, se puso de costado. En esta posición respiró varias veces de manera profunda y temblorosa, relajando los dedos que aferraban la esfera de luz. Se aclaró la garganta y murmuró: «Sí, sí, sí, ¡hip!», como si se avergonzara de su reacción. A continuación, se sentó para mirar a su alrededor. Estaba en un lugar cerrado, aunque ciertamente grande, con dos filas de largas columnas a cada lado de él, todas en la misma piedra de color marrón de la caverna. Abrió los ojos anonadado. —¿Qué de… ¡hip!? Elliott guiaba a los muchachos tierra adentro. En algunos lugares la maleza era tan