Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 379

espesa que tenía que usar su machete para abrirse camino. Tras ella, en fila india, los chicos se ayudaban unos a otros, asegurándose de que las carnosas ramas de las altas plantas suculentas y las frondas inferiores de los árboles de helecho no le pegaban en la cara al que iba detrás. No circulaba el aire, y los muchachos enseguida se encontraron empapados en sudor y añorando los espacios abiertos y la brisa de la playa. Pese a ello, Will estaba animado. Le encantaba aquello de que volvieran a funcionar como un equipo y a cuidar unos de otros. Esperaba que su amistad con Chester volviera a ser lo que había sido en otro tiempo. Y por encima de todo, estaba muy contento de que Elliott hubiera asumido el papel de Drake como nueva jefa. Le cabían pocas dudas de que era capaz de desempeñar el puesto. Oía ruidos por todo el camino: broncos chillidos de animales y cantos rápidos y apagados. Sentía mucho interés por localizar el origen de aquellos cantos, y miraba hacia todas partes, a su alrededor y hacia lo alto, por entre las ramas de los helechos gigantes, pero no encontraba nada. Hubiera dado cualquier cosa por poder detenerse y llevar a cabo una investigación en toda regla. Aquello era una jungla primitiva que podía estar llena de todo tipo de criaturas increíbles. El camino los llevó hasta un claro desde el cual Will escudriñó la exuberante vegetación, con ardientes deseos de echar un vistazo aunque sólo fuera a uno de aquellos animales. No podía dejar de fantasear sobre las maravillas que debía de haber a menos de un tiro de piedra de distancia. Entonces, al mirar hacia atrás, un par de animales se asomaron por entre las suculentas, al borde del claro. Will tuvo que mirarlos dos veces, porque no supo a la primera si eran pájaros o reptiles, aunque parecían un par de pequeñas gallinitas de Bantam recién desplumadas, con el cuello corto y grueso y un pico diminuto. Como dos viejas que se quejaran la una a la otra, se comunicaban entre sí utilizando tanto los sonidos broncos como los rápidos que Will había estado oyendo. Se dieron la vuelta y volvieron a meterse velozmente en la maleza, sacudiendo unas alas atrofiadas de las que salían desaliñadas guedejas que no se sabía si eran de plumas o de pelo. La decepción del chico fue notoria. Las exóticas criaturas con las que había soñado se le habían quedado en poca cosa. Entonces Elliott los guió hasta un camino, y siguieron por él hasta que Will oyó delante de él la voz de Chester: —¡El mar!