Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Página 376

Un par de murciélagos revoloteaban, deshaciendo los jirones de vapor con el rápido batir de las alas. El enorme acaro del polvo emitía su castañeteo esperando que volviera al camino, como un perro bien educado. Se había mostrado muy resuelto a acompañarle durante los últimos dos kilómetros de camino. En tanto que el doctor Burrows disfrutaba de su compañía, el animal no engañaba sobre los motivos que le impulsaban a seguirle: simplemente albergaba la esperanza de recibir más comida. El enorme descubrimiento de que era capaz de leer el antiguo idioma de la gente que había habitado aquellos lugares en otro tiempo había encendido en Burrows el deseo de averiguar más sobre ellos. Anhelaba encontrar aunque sólo fueran algunos restos artesanales que le permitieran hacerse una idea de cómo vivían. Estaba examinando los cimientos en busca de cualquier cosa que pudiera serle de utilidad, cuando un grito resonó en la calurosa quietud de la caverna: un alarido bajo pero estridente que retumbó en las paredes de la cueva. Este alarido fue seguido por el sonido de algo que rompía el aire, algo así como ¡guumf! Venía de algún lugar por encima de él. El acaro del polvo se quedó inmediatamente quieto como una estatua. —¿Qué dem…? —empezó a preguntarse el doctor Burrows. Miró hacia arriba, pero fue incapaz de descubrir el origen de aquel ruido. Sólo entonces se dio cuenta de que no llegaba a ver el techo de la caverna. Era como si se encontrara en el fondo de un enorme precipicio. Había estado tan absorto en el descubrimiento de las ruinas que no había prestado atención al entorno. Movió lentamente la esfera de luz hasta suspenderla encima de la cabeza. En la penumbra podía distinguir las paredes verticales del precipicio, con ondulaciones verticales de la piedra que semejaban la textura de una barrita de chocolate y que se perdían en la oscuridad. El color no era tampoco muy diferente del de la barra de chocolate, sólo que el marrón de la peña era un poco más claro. Privado desde hacía tanto tiempo de su adorado chocolate y de la dosis diaria que constituía una parte tan importante de su existencia en Highfield, su mente empezó a vagar mientras la boca se le hacía agua. Aquel antojo le hizo comprender lo tremendamente hambriento que estaba: los víveres de que le habían provisto los coprolitas no resultaban muy apetitosos, y tampoco saciaban mucho. El alarido volvió a oírse y consiguió apartar completamente todo pensamiento relacionado con comida. Esta vez sonó más fuerte y más cercano. Notó en la cara la