Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 375
En una vasta caverna, había algo que pudiera ser un camino: una franja estrecha, apenas discernible entre las piedras. Era posible que fuera natural … El doctor Burrows no estaba seguro.
Miró con mayor detenimiento y, ¡ sí!, había unas anchas losas que se extendían de lado a lado. Utilizó la puntera de la bota para apartar la arena y dejar al descubierto los intersticios entre una y otra, que se encontraban a intervalos regulares. No había ya duda, pues: estaba claro que no era natural … y al avanzar algo más, vio una pequeña escalinata. Subió por ella y se detuvo. Viendo que el camino se perdía a lo lejos, comenzó a examinar la zona, primero a un lado y después al otro. Descubrió que había piedras cuadradas que se elevaban orgullosamente del suelo, a ambos lados del camino.
—¡ Sí, son piedras labradas!— murmuró. Y después vio que estaban colocadas formando líneas. Se inclinó para examinarlas mejor. No, no formaban líneas: formaban rectángulos—. ¡ Estructuras rectilíneas!— exclamó el doctor Burrows cada vez más emocionado—. ¡ Son ruinas!
Sacó del cinturón su martillo de geólogo de mango azul y se salió del camino mirando con detenimiento el suelo que pisaba.—¿ Serán cimientos? Se agachó para palpar los sillares, apartando los guijarros y utilizando la punta del martillo para quitar trozos de piedras sueltas. Asintió con la cabeza en respuesta a su propia pregunta, al tiempo que una sonrisa le arrugaba la cara llena de tierra.
— No hay duda, se trata de cimientos.— Se levantó y observó otros rectángulos cuyas formas se perdían en la oscuridad—. ¿ Sería un asentamiento?— Pero al mirar más lejos, empezó a apreciar la escala de aquello con que se había encontrado—. ¡ No, era bastante más que eso! ¡ Era una ciudad!
Volvió a meter en el cinturón su martillo de geólogo y se secó la frente. El calor era sofocante, y se oía un murmullo de agua que caía no muy lejos. Surcaban el aire largos jirones de vapor que se desplazaban lentamente como serpentinas de una fiesta.
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En una vasta caverna, había algo que pudiera ser un camino: una franja estrecha, apenas discernible entre las piedras. Era posible que fuera natural … El doctor Burrows no estaba seguro.
Miró con mayor detenimiento y, ¡ sí!, había unas anchas losas que se extendían de lado a lado. Utilizó la puntera de la bota para apartar la arena y dejar al descubierto los intersticios entre una y otra, que se encontraban a intervalos regulares. No había ya duda, pues: estaba claro que no era natural … y al avanzar algo más, vio una pequeña escalinata. Subió por ella y se detuvo. Viendo que el camino se perdía a lo lejos, comenzó a examinar la zona, primero a un lado y después al otro. Descubrió que había piedras cuadradas que se elevaban orgullosamente del suelo, a ambos lados del camino.
—¡ Sí, son piedras labradas!— murmuró. Y después vio que estaban colocadas formando líneas. Se inclinó para examinarlas mejor. No, no formaban líneas: formaban rectángulos—. ¡ Estructuras rectilíneas!— exclamó el doctor Burrows cada vez más emocionado—. ¡ Son ruinas!
Sacó del cinturón su martillo de geólogo de mango azul y se salió del camino mirando con detenimiento el suelo que pisaba.—¿ Serán cimientos? Se agachó para palpar los sillares, apartando los guijarros y utilizando la punta del martillo para quitar trozos de piedras sueltas. Asintió con la cabeza en respuesta a su propia pregunta, al tiempo que una sonrisa le arrugaba la cara llena de tierra.
— No hay duda, se trata de cimientos.— Se levantó y observó otros rectángulos cuyas formas se perdían en la oscuridad—. ¿ Sería un asentamiento?— Pero al mirar más lejos, empezó a apreciar la escala de aquello con que se había encontrado—. ¡ No, era bastante más que eso! ¡ Era una ciudad!
Volvió a meter en el cinturón su martillo de geólogo y se secó la frente. El calor era sofocante, y se oía un murmullo de agua que caía no muy lejos. Surcaban el aire largos jirones de vapor que se desplazaban lentamente como serpentinas de una fiesta.