Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 373

en cara: hasta entonces, todo lo había hecho mal. En aquel momento, sin embargo, sus temores eran infundados: Bartleby apareció por detrás de las piernas del Limitador, con el otro extremo de la cuerda firmemente atado al cuello y asegurado con un nudo corredizo. Parecía avergonzado, con la cola entre las patas. Sarah no sabía si el Limitador le habría dado una tunda, pero en cualquier caso, el gato parecía completamente asustado y amedrentado. Su actitud no podía haber cambiado más: cuando Sarah tiró de la cuerda, Bartleby acudió sin oponer la más ligera resistencia. —Vamos a tomar el mando —dijo otra voz desde justo detrás de ella. Sarah se volvió para descubrir tras ella una fila de siluetas: eran los otros tres miembros de la patrulla de Limitadores. Aunque no les hubiera visto el pelo durante las últimas doce horas, estaba claro que no habían dejado de seguirla. Ahora se daba cuenta de por qué tenían aquella fama de sigilosos, pues realmente se movían como si fueran fantasmas. ¡Y creía que a ella se le daba bien eso! Se aclaró la garganta con incomodidad. —No —empezó a decir con mansedumbre, mirando hacia el agua que rompía al comienzo del paso elevado y manteniendo la mirada en aquel punto: prefería mirar cualquier cosa antes que sus gélidos ojos—. Llevaré al Cazador para que siga su rastro, cruzaremos a la isla… para… —Eso ya no es necesario —dijo con voz horriblemente baja el primer Limitador, el que tenía delante. La manera en que había convertido su voz en un susurro, en vez de bramarle una orden, resultaba perturbadora. Podía notar perfectamente la rabia que le producía el que ella se atreviera a responder—. Tú ya has hecho bastante — murmuró. Lo dijo de tal manera que a ella no le quedaron dudas de lo que significaba su desprecio. —Pero Rebecca dijo… —empezó Sarah, consciente de que aquélla podía ser la última frase de su vida. —Esto es cosa nuestra —le gruñó desde detrás uno de los Limitadores, y la agarró de lo alto del brazo tan fuerte que ella quiso desprenderse. Pero no lo hizo, y tampoco se volvió a mirarlo. En aquel momento los tres estaban muy cerca de ella. Tuvo la seguridad de que uno de ellos le acariciaba el otro brazo, y también de que sentía varias respiraciones en la nuca. Se resistía a reconocerlo, pero estaba muerta de miedo. Una vivida imagen le vino a la mente: la de ellos rebanándole el pescuezo y dejando su cadáver abandonado en el mismo lugar en que había caído.