Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 372

único medio de encontrar a Will y Cal.
—¡ Maldito gato!— se repitió para sí, esta vez más desanimada, oyendo el sonido de las olas. La única posibilidad que le quedaba era seguir por la orilla del mar con la esperanza de que ese camino la condujera hasta su presa.
Se levantó y empezó a correr implorando que Will no hubiera tomado de repente una dirección completamente distinta a aquella que había ido llevando Bartleby. Si había elegido un nuevo rumbo a través de la densa maleza que quedaba a la izquierda, le sería imposible dar con él.
Media hora después, el sonido de las olas fue sustituido por otro diferente: el del agua que rompía contra el paso elevado. Recordó lo que había visto en el mapa: había una especie de paso para llegar a una isla. Atajó hacia el mar, y el ruido del agua aumentó.
Casi se encontraba ya en el paso elevado cuando, saliendo de la nada, apareció en su camino una silueta. El corazón le dio un vuelco. Distinguió que se trataba de un hombre. Para entonces, se encontraba en la despejada playa, y a corta distancia no había nada absolutamente tras lo que pudiera ocultarse. No tenía ni idea de dónde había salido él. Aterrorizada, intentó coger el rifle que llevaba colgado, y en el proceso casi se le cae.
Oyó una dura risa nasal y se quedó completamente inmóvil, poniendo el rifle en actitud defensiva, cruzado delante del cuerpo. Estaba demasiado cerca como para apuntarle con él.
—¿ No has perdido nada?— le dijo él con una voz que rezumaba desprecio. Dio un paso hacia Sarah, y ella levantó un poco la lámpara. La luz que proyectó era escasa, pero suficiente para distinguir su rostro duro y las oscuras cuencas de los ojos. Era un Limitador.— Eres muy, pero que muy descuidada— dijo él poniéndole en la mano una cuerda que tenía un lazo hecho.
Ella la cogió con miedo, sin saber qué podría ocurrir a continuación. La cosa había sido muy diferente en el tren, cuando Rebecca iba con ella; pero allí no le hacía ninguna gracia la idea de encontrarse a solas con aquellos monstruos, en especial si hacía algo que no les agradaba. En aquella tierra salvaje, ellos eran su propia ley. Le vino a la cabeza la idea de que aquella era la cuerda con la que iban a colgarla. ¿ Se trataba de una especie de burla? Tal vez fueran a ejecutarla porque se habían dado cuenta de que era una incompetente y una rémora para ellos. Y no se lo podía echar
único medio de encontrar a Will y Cal.
—¡ Maldito gato!— se repitió para sí, esta vez más desanimada, oyendo el sonido de las olas. La única posibilidad que le quedaba era seguir por la orilla del mar con la esperanza de que ese camino la condujera hasta su presa.
Se levantó y empezó a correr implorando que Will no hubiera tomado de repente una dirección completamente distinta a aquella que había ido llevando Bartleby. Si había elegido un nuevo rumbo a través de la densa maleza que quedaba a la izquierda, le sería imposible dar con él.
Media hora después, el sonido de las olas fue sustituido por otro diferente: el del agua que rompía contra el paso elevado. Recordó lo que había visto en el mapa: había una especie de paso para llegar a una isla. Atajó hacia el mar, y el ruido del agua aumentó.
Casi se encontraba ya en el paso elevado cuando, saliendo de la nada, apareció en su camino una silueta. El corazón le dio un vuelco. Distinguió que se trataba de un hombre. Para entonces, se encontraba en la despejada playa, y a corta distancia no había nada absolutamente tras lo que pudiera ocultarse. No tenía ni idea de dónde había salido él. Aterrorizada, intentó coger el rifle que llevaba colgado, y en el proceso casi se le cae.
Oyó una dura risa nasal y se quedó completamente inmóvil, poniendo el rifle en actitud defensiva, cruzado delante del cuerpo. Estaba demasiado cerca como para apuntarle con él.
—¿ No has perdido nada?— le dijo él con una voz que rezumaba desprecio. Dio un paso hacia Sarah, y ella levantó un poco la lámpara. La luz que proyectó era escasa, pero suficiente para distinguir su rostro duro y las oscuras cuencas de los ojos. Era un Limitador.— Eres muy, pero que muy descuidada— dijo él poniéndole en la mano una cuerda que tenía un lazo hecho.
Ella la cogió con miedo, sin saber qué podría ocurrir a continuación. La cosa había sido muy diferente en el tren, cuando Rebecca iba con ella; pero allí no le hacía ninguna gracia la idea de encontrarse a solas con aquellos monstruos, en especial si hacía algo que no les agradaba. En aquella tierra salvaje, ellos eran su propia ley. Le vino a la cabeza la idea de que aquella era la cuerda con la que iban a colgarla. ¿ Se trataba de una especie de burla? Tal vez fueran a ejecutarla porque se habían dado cuenta de que era una incompetente y una rémora para ellos. Y no se lo podía echar