Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 371
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—¡Estúpido animal! —gritó Sarah pasando por entre las plantas suculentas. Bartleby
tiraba de ella con una fuerza superior a todo lo anterior. No había ninguna duda de
que había encontrado claramente el rastro de los muchachos; ésa era la buena noticia.
La mala era que se estaba volviendo cada vez más salvaje e intratable, y Sarah había
temido en más de una ocasión que la pudiera atacar—. ¡Despacio! —le gritaba.
De repente, la tensión de la correa cedió completamente. Sarah perdió el equilibrio
y cayó de espaldas. La lámpara se le soltó de la mano y se fue rodando y rebotando
por entre las plantas, y al hacerlo la palanca de la potencia subió al tope. En los altos
árboles que había detrás de ella impactaron unos rayos de luz cegadores, destellos
intermitentes que comprendió que resultarían visibles a bastantes kilómetros de
distancia. Si hubiera querido proclamar su presencia a bombo y platillo, no podría
haberlo hecho mejor.
Se quedó sin aliento, y durante unos segundos no se pudo mover. Después se
dirigió rápidamente hacia la lámpara y se echó encima para tapar la luz. Se quedó
tendida sobre ella, jadeando y echando pestes. ¡Vaya torpeza la suya! Sintió ganas de
gritar de pura frustración, pero eso no habría solucionado nada.
Aún cubriendo con su cuerpo la lámpara, volvió a ponerla al mínimo antes de
dirigir su atención a los restos de la correa de cuero enrollada en torno a su mano. El
extremo por donde se había partido estaba rasgado y deshecho, y al observarlo más
detenidamente descubrió marcas de dientes: Bartleby debía de haberle dado un buen
mordisco cuando ella no miraba. ¡Qué listo aquel hijo de su santa madre! Si Sarah no
hubiera estado tan furiosa contra sí misma, habría admirado su astucia.
Lo último que había vislumbrado de él eran sus cuartos traseros, las patas negras
que se movían demasiado rápido para verlas con claridad, y los largos pies que
levantaban el follaje al internarse como una bala en la oscuridad.
—¡Ese maldito gato! —se dijo, llamándolo de todo para sus adentros.
A la velocidad que iba tenía que hallarse ya bastante lejos, y se engañaba a sí
misma si pensaba que podía haber algún medio de recuperarlo. Había perdido su