Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 371

37 —¡Estúpido animal! —gritó Sarah pasando por entre las plantas suculentas. Bartleby tiraba de ella con una fuerza superior a todo lo anterior. No había ninguna duda de que había encontrado claramente el rastro de los muchachos; ésa era la buena noticia. La mala era que se estaba volviendo cada vez más salvaje e intratable, y Sarah había temido en más de una ocasión que la pudiera atacar—. ¡Despacio! —le gritaba. De repente, la tensión de la correa cedió completamente. Sarah perdió el equilibrio y cayó de espaldas. La lámpara se le soltó de la mano y se fue rodando y rebotando por entre las plantas, y al hacerlo la palanca de la potencia subió al tope. En los altos árboles que había detrás de ella impactaron unos rayos de luz cegadores, destellos intermitentes que comprendió que resultarían visibles a bastantes kilómetros de distancia. Si hubiera querido proclamar su presencia a bombo y platillo, no podría haberlo hecho mejor. Se quedó sin aliento, y durante unos segundos no se pudo mover. Después se dirigió rápidamente hacia la lámpara y se echó encima para tapar la luz. Se quedó tendida sobre ella, jadeando y echando pestes. ¡Vaya torpeza la suya! Sintió ganas de gritar de pura frustración, pero eso no habría solucionado nada. Aún cubriendo con su cuerpo la lámpara, volvió a ponerla al mínimo antes de dirigir su atención a los restos de la correa de cuero enrollada en torno a su mano. El extremo por donde se había partido estaba rasgado y deshecho, y al observarlo más detenidamente descubrió marcas de dientes: Bartleby debía de haberle dado un buen mordisco cuando ella no miraba. ¡Qué listo aquel hijo de su santa madre! Si Sarah no hubiera estado tan furiosa contra sí misma, habría admirado su astucia. Lo último que había vislumbrado de él eran sus cuartos traseros, las patas negras que se movían demasiado rápido para verlas con claridad, y los largos pies que levantaban el follaje al internarse como una bala en la oscuridad. —¡Ese maldito gato! —se dijo, llamándolo de todo para sus adentros. A la velocidad que iba tenía que hallarse ya bastante lejos, y se engañaba a sí misma si pensaba que podía haber algún medio de recuperarlo. Había perdido su