Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 367

—¡Eh! —chilló Will—. ¡No! —Alargó la mano para evitar que la chica lo sacrificara, pero ella se dio mucha prisa: le clavó el cuchillo y los apéndices que tenía debajo de la cabeza dejaron de moverse. —¡No! —volvió a gritar él—. ¿Cómo puedes hacer eso? ¡Es un Anomalocaris! — Dio un paso hacia ella alargando la mano. —Apártate o te pincho —le advirtió Elliott levantando el cuchillo. —Pero… es un fósil… Quiero decir que… está extinguido… Te digo que lo he visto fosilizado… ¡Es una especie extinguida! —gritó, alterándose aún más al ver que nadie parecía comprenderle ni hacerle ningún caso. —¿De veras? Yo no le veo mucha pinta de estar extinguido —dijo Elliott levantando el cuerpo del animal y poniéndoselo delante, como para hacerle burla. —¿No comprendes lo importante que es? ¡No los puedes matar! ¡Tienes que dejar vivir a los que quedan! —Había visto la otra bolsa y ya no gritaba sino que sólo farfullaba, comprendiendo que Elliott no iba a hacerle caso. —Will, deja de hacer el tonto, ¿quieres? La otra bolsa sólo contiene almejas. Y, además, Elliott dice que de esos cangrejos hay a montones —intentó explicarle Chester indicando el mar con un gesto de la mano. —¡Pero… pero…! La expresión de enfado de Elliott fue suficiente para que Will dejara de dar la lata. Se mordió la lengua, observando con espanto el cuerpo sin vida del Anomalocaris. —En su tiempo fue el mayor depredador de los mares… una especie de Tyrannosaurus rex del periodo cámbrico —murmuró con tristeza—. Lleva extinguido unos quinientos cincuenta millones de años. Se quedó igualmente atónito cuando Elliott sacó de la segunda bolsa los moluscos, como ella los llamaba. —¡Son uñas del diablo! —exclamó Will—. Gryphaea arcuata. En casa tenía una caja llena. Los encontré con mi padre en Lyme Regis, ¡pero no eran más que fósiles! De esa forma, con el Anomalocaris atravesado en un palo y suspendido encima de las llamas, Elliott, Cal y Chester se sentaron ante aquella barbacoa prehistórica mientras Will dibujaba en el diario una uña del diablo que le había pedido a Elliott. Sus hermanos y hermanas (o tal vez ambas cosas al mismo tiempo, Will no recordaba muy bien si eran hermafroditas) no habían tenido la misma suerte y crepitaban suavemente al borde de la hoguera, sobre las brasas encendidas. Hablaba consigo mismo y sonreía como un bobo, con el mismo tipo de