Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 362

—Aquí tendría que haber lo suficiente para ponernos las botas —anunció ella, y le pasó las bolsas a Chester. Se metió en el agua y, agachándose, pasó las manos por debajo de la superficie buscando algo. Caminando de lado, fue buscando por la orilla, y de repente se irguió lanzando un grito exultante. En sus manos se agitaba un extraño animal, que tenía medio metro de cabeza a cola y cuerpo plateado en forma de cono aplanado, con ondulantes aletas a cada lado que movía desesperadamente como si tratara de alejarse nadando por el aire. En la parte superior de la cabeza tenía un par de enormes ojos negros compuestos, y en la parte de abajo, dos apéndices prensiles que terminaban en unas púas que se retorcían tratando de atrapar las manos de Elliott mientras ella se afanaba en sujetar bien al bicho. La chica se volvió y corrió hasta la playa, mientras Chester se caía a la arena en un intento de apartarse de su camino. —¡Santo Dios! —gritó él—. ¿Qué es esa cosa? Elliott golpeó al animal contra una piedra. El chico no supo si lo había matado o sólo lo había atontado, pero a partir de aquel momento apenas se movió. Lo dobló por la mitad, y Chester vio los dos apéndices que todavía se flexionaban, y una boca circular llena de decenas de agujas blancas y brillantes. —Se llaman cangrejos nocturnos. Están realmente sabrosos. El tragó saliva, como si el asco le produjera mareos. —Pues yo diría que es un asqueroso pececillo de plata gigante —gruñó. Seguía tendido en el lugar en que se había caído. Elliott vio las bolsas donde él las había dejado caer y, comprendiendo que no iba a ayudarle mucho, las cogió por sí misma y metió el bicho en una de ellas. —Ya tenemos el plato principal —dijo—. Ahora vamos a… —No me digas que vas a coger otro bicho de ésos —le dijo Chester en tono suplicante, con la voz un poco aguda, como si se estuviera poniendo histérico. —No, eso no es nada probable —repuso ella—. Los cangrejos nocturnos son muy escasos, y sólo los ejemplares más jóvenes llegan hasta la orilla para alimentarse. Hemos tenido mucha suerte. —Sí, mucha… —dijo él, levantándose por fin y sacudiéndose la ropa. Elliott ya estaba de vuelta en el agua, pero esta vez metía los brazos en el barro hasta el fondo. —Y esto es lo que venía a buscar el cangrejo —le explicó a Chester. Cuando los sacó, tenía los brazos cubiertos hasta el codo de espeso barro. Le acercó la mano al