Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | страница 36
atrás.
Pero poco después la había encontrado un colono, uno de los suyos. Sarah había peleado con él como una loca y había conseguido soltarse tras dejarlo aturdido de un golpe. En la pelea, había recibido una terrible herida en el brazo, y ya no había posibilidad de seguir dudando. Sabía qué era lo que tenía que hacer. Dejó allí a Cal, que contaba apenas un año de edad. Abandonó el inquieto bulto entre dos piedras, en el suelo arenoso del túnel. En su memoria quedó grabada la imagen del niño envuelto en pañales que le daban aspecto de crisálida, pañales manchados con la sangre de su brazo. Y quedaron grabados también los sonidos que hacía, sus gorgoteos. Sabía que no tardarían en encontrarlo y llevárselo a su marido, y que él lo cuidaría. Escaso consuelo. Reanudó la huida con su otro hijo y, más por suerte que otra cosa, consiguió eludir a los styx y salir a la superficie.
Durante las primeras horas de la mañana había llegado caminando a High Street, en el barrio de Highfield, con el niño a su lado por la acera, un chavalillo que aún no se mantenía firme sobre las piernas. Era su hijo mayor y se llamaba Seth. Tenía dos años y medio. No dejaba de observar aquellos lugares tan extraños con la boca abierta y los ojillos aterrorizados.
No tenía dinero ni lugar al que ir, y no tardó en darse cuenta de que incluso para cuidar de un solo hijo tendría que pasar grandes apuros. Para empeorar las cosas aún más, empezaba a marearse a causa de la sangre que perdía por la herida del brazo. Al oír a gente en la distancia, apartó a Seth de la calle principal y se metió por varias calles secundarias hasta que vio una iglesia. Buscando refugio en el pequeño cementerio contiguo en el que la hierba estaba demasiado crecida, se sentaron sobre una lápida cubierta de musgo, oliendo por primera vez en su vida el aire nocturno y mirando con sobrecogimiento el cielo que tenían sobre la cabeza, un cielo de luz sucia y amarillenta. Sólo deseaba cerrar los ojos durante unos minutos, pero tenía miedo de que, si se quedaba demasiado rato allí, ya no podría volver a levantarse. La cabeza le daba vueltas, pero reunió las fuerzas que le quedaban y se puso en pie con el propósito de encontrar un lugar en que pudieran esconderse y, si tenía suerte, algo para comer y para beber.
Trató de explicarle a su hijo lo que pretendía, pero él sólo quería ir con ella. El pobre Seth estaba anonadado. La expresión de su carita y la desgarradora incomprensión que traslucía en el momento en que ella se alejaba de él a toda prisa
atrás.
Pero poco después la había encontrado un colono, uno de los suyos. Sarah había peleado con él como una loca y había conseguido soltarse tras dejarlo aturdido de un golpe. En la pelea, había recibido una terrible herida en el brazo, y ya no había posibilidad de seguir dudando. Sabía qué era lo que tenía que hacer. Dejó allí a Cal, que contaba apenas un año de edad. Abandonó el inquieto bulto entre dos piedras, en el suelo arenoso del túnel. En su memoria quedó grabada la imagen del niño envuelto en pañales que le daban aspecto de crisálida, pañales manchados con la sangre de su brazo. Y quedaron grabados también los sonidos que hacía, sus gorgoteos. Sabía que no tardarían en encontrarlo y llevárselo a su marido, y que él lo cuidaría. Escaso consuelo. Reanudó la huida con su otro hijo y, más por suerte que otra cosa, consiguió eludir a los styx y salir a la superficie.
Durante las primeras horas de la mañana había llegado caminando a High Street, en el barrio de Highfield, con el niño a su lado por la acera, un chavalillo que aún no se mantenía firme sobre las piernas. Era su hijo mayor y se llamaba Seth. Tenía dos años y medio. No dejaba de observar aquellos lugares tan extraños con la boca abierta y los ojillos aterrorizados.
No tenía dinero ni lugar al que ir, y no tardó en darse cuenta de que incluso para cuidar de un solo hijo tendría que pasar grandes apuros. Para empeorar las cosas aún más, empezaba a marearse a causa de la sangre que perdía por la herida del brazo. Al oír a gente en la distancia, apartó a Seth de la calle principal y se metió por varias calles secundarias hasta que vio una iglesia. Buscando refugio en el pequeño cementerio contiguo en el que la hierba estaba demasiado crecida, se sentaron sobre una lápida cubierta de musgo, oliendo por primera vez en su vida el aire nocturno y mirando con sobrecogimiento el cielo que tenían sobre la cabeza, un cielo de luz sucia y amarillenta. Sólo deseaba cerrar los ojos durante unos minutos, pero tenía miedo de que, si se quedaba demasiado rato allí, ya no podría volver a levantarse. La cabeza le daba vueltas, pero reunió las fuerzas que le quedaban y se puso en pie con el propósito de encontrar un lugar en que pudieran esconderse y, si tenía suerte, algo para comer y para beber.
Trató de explicarle a su hijo lo que pretendía, pero él sólo quería ir con ella. El pobre Seth estaba anonadado. La expresión de su carita y la desgarradora incomprensión que traslucía en el momento en que ella se alejaba de él a toda prisa