Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 355
diabólico y pavoroso, se las habría tenido que ingeniar mucho.
—¡Quítamelo! —imploró Chester apretando los dientes e intentando no hacer
ningún movimiento brusco para no provocar a la criatura.
Aunque había separado el brazo todo lo que podía, el animal arqueaba la cola con
el aguijón como si pretendiera herirle en la cara.
—¿Cómo…? ¿Qué quieres que haga? —preguntó Cal, con la luz temblándole en
la mano mientras se alejaba de Chester.
—¡Vamos! ¡Dale con lo que sea!
—Yo… yo… —tartamudeó Cal.
Para entonces, el bicho había enrollado el aguijón de la cola sobre el tórax y movía
las alas como si tratara de mantener el equilibrio sobre el tembloroso brazo de Chester.
—¡Por todos los santos, mátalo! —gritó despavorido.
Cal buscaba algo que pudiera usar como arma, cuando Chester decidió que no
podía esperar más y agitó el brazo de lado a lado, esperando espantar al animal de ese
modo. Pero la criatura no se soltó, y se aferró aún más fuertemente con sus tres pares
de patas mientras él, desesperado de terror, agitaba el brazo frenéticamente. Aquel
bicho siguió aferrado a él, meneando el aguijón en la espalda. A continuación, de
repente, con un batir de alas, se levantó y se quedó amenazadoramente un rato delante
de la cara de Chester antes de regresar volando a la oscuridad.
—Ha sido horrible —dijo el chico casi sin voz y con el cuerpo estremecido,
agitando los codos y profiriendo gemidos inarticulados—. Horrible… horrible…
horrible… Este lugar de mierda es como una barraca de monstruos. ¡Horrible! —
Parecía estarse recobrando del incidente cuando, de manera inesperada, se volvió
contra Cal—. ¡Y menuda ayuda la tuya! —exclamó con rabia—. ¿Por qué no mataste
esa maldita cosa como te pedí?
—¿Qué podía hacer? No he encontrado nada —respondió el niño en un tono
ofendido que enseguida se convirtió en pura rabia—. Da la casualidad de que no voy
por ahí con un matamoscas gigante.
—Vamos, cualquier cosa habría valido —rezongó Chester con furia—. ¡Bueno, un
millón de gracias, amigo…! Recordaré esto la próxima vez que te encuentres en un
aprieto.
Se sentaron los dos, guardando un silencio tenso hasta que empezaron a oír un
zumbido a su alrededor, pero esta vez era más suave y más agudo.
—Dios mío, ¿y ahora qué? —dijo Chester—. ¿No será otra cosa como la de antes?