Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 352

lo posible por acertar, por no fallarles a Elliott ni a Drake, pero ahora prefería quedarse con la duda. Era un salto demasiado grande para él. Y Rebecca había estado allí, durante aquella espantosa tortura… ¡Su hermanita! Aquella cara sonriente, orgullosa y satisfecha, la misma cara que se había encontrado tantas veces cuando él llegaba tarde a cenar o manchaba de barro la alfombra del recibidor o se dejaba encendida la luz del baño… Aquella sonrisa de superioridad y de reproche que se dirigía a él con autoridad, dominante… Eso era más de lo que podía soportar. Tenía que escapar, que salir de allí. Se levantó, tirando de Elliott por medio de la cuerda. Corrieron como locos cuesta abajo, tan rápido como pudieron. Will casi derriba a Elliott. Al llegar al fondo de la cuesta, los sorprendió un destello de luz. Amplificado por la lente del artilugio de Drake, el destello le inundó el ojo con un brillo abrasador que le hizo daño. Dio un grito. Pensó que eran los Limitadores, pero no: era la tormenta eléctrica que seguía siempre al Viento Negro. El pelo de la cabeza y de los brazos desnudos se le erizó a causa de la electricidad estática. Unas grandes bolas brillantes, cargadas de electricidad, danzaron alrededor de ellos, antes de que llegara otro destello cegador y un estruendo ensordecedor. Una lengua ondulante de luz azul corrió por el suelo, ante ellos, como un relámpago errante. A continuación se partió en dos trozos, y estos dos en otros muchos, hasta que se apagaron y se quedaron en nada. El aire olía a ozono, como en una auténtica tormenta de rayos y relámpagos. —¡Apágalo! —le oyó gritar a Elliott, pero él ya estaba buscando a tientas el interruptor de latón de la cajita que tenía guardada en el bolsillo. No necesitaba explicarle que la luz intensa podía dañar el artilugio. En cualquier caso, había tantas bolas de tormenta girando y saliendo de las nubes de polvo que quedaban, y corriendo por la llanura en todas direcciones, que la zona entera aparecía iluminada como un jardín en Nochevieja. Will y Elliott corrían sin desviarse mientras pasaban por su lado aquellas esferas chisporroteantes, algunas de las cuales eran tan grandes como pelotas de playa. Él oía disparos. Los Limitadores se acercaban, pero con toda aquella confusión resultaba imposible saber a qué distancia estaban. Entonces oyó los feroces ladridos de los perros. —¡Perros de presa! —le gritó a Elliott.