Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 344

—¿No será venenoso o algo así? —No —respondió ella con sorna—. No es más que polvo, nada más que polvo común y corriente que viene del Interior. No deberías hacer caso de nada de lo que digan los Cuellos Blancos. —No lo hago —respondió Will indignado. Ella levantó el rifle y lo dirigió hacia la Llanura Crande. —Vamos. Él la siguió, con el corazón palpitante, tanto por los efectos de la extraña raíz como por los nervios ante lo que pensaba que podían estar a punto de hacer. La visión de rayos X que le proporcionaba el casco y que atravesaba la oscuridad como un reflector invisible le levantaba el ánimo. Llegaron a la galería dorada que había al final del túnel, y al sumidero. En cuanto Will salió del agua por el otro lado, vio que el paisaje estaba ya cuajado de leves jirones de oscuridad. Las nubes como de espuma invadían ambos lados de su campo de visión, como dos manos calzadas con guantes negros que se juntarían en una palmada y que tardarían muy poco en emborronarlo todo. Se dio cuenta de que el artilugio ocular de Drake no le serviría de nada en aquellas circunstancias. —Estas tormentas son muy cerradas. ¿No nos perderemos? —le preguntó a Elliott mientras el viento aullaba en ráfagas cada vez más potentes y la negrura los envolvía. —Imposible —dijo ella en tono desdeñoso, pasándose una cuerda por la muñeca antes de atársela, y pasándole después el otro cabo a él para que se lo atara a la cintura —. Donde vaya esto, vas tú —dijo—. Pero si notas que te tiro dos veces seguidas, te paras en seco, ¿lo has entendido? —Vale —respondió, sintiéndose algo raro ante la extraña situación. Se movieron con rapidez, sumergiéndose de tal manera en la oscuridad que no podía ver a Elliott, a pesar de que no estaba a más de dos metros de él. Notaba en la nariz y la cara el tacto de aquella neblina semejante a humo que lo iba envolviendo con una capa de polvo fino y seco. Varias veces tuvo que cogerse la nariz para sofocar un estornudo, y el ojo izquierdo, que no estaba protegido por el artilugio, se le llenaba de polvo y le lloraba. Siguió masticando la raíz con decisión, al ritmo de cada paso, como si de eso pudiera extraer más energía. No tardó en quedar reducida a unos hilitos, y después a sólo una fina pasta que se le pegó bajo la lengua, y temía que en gran parte aquella pasta no fuera más que partículas de polvo inhaladas del viento negro.