Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 343
Elliott no le pasó desapercibido. Lo miró con preocupación. Se hurgó en el bolsillo y le ofreció otro poco de la raíz. El tomó varios trozos y los masticó con tristeza, notando el amargor en toda la lengua.—¿ Mejor?— preguntó. Él asintió, agradecido, viendo en los ojos de ella no la preocupación de una amiga, sino frialdad y distanciamiento, mero sentido práctico. Necesitaba a alguien que la ayudara en lo que quería hacer, pero lo que era él no le importaba nada.— Ponte el casco— le ordenó ella mientras él seguía masticando. Asintió, se bajó la pieza del ojo, y después buscó en el bolsillo del pantalón el interruptor de la caja y lo encendió. Oyó una nota débil, que empezó a aumentar, hasta alcanzar un tono agudo, y después descendió varias octavas hasta un sonido bajo, tan inapreciable que no estaba seguro de si lo oía a través del cráneo o a través de los oídos.— Cierra el ojo izquierdo. Utiliza sólo el de la lente— le indicó Elliott. Hizo lo que le decía: cerró el ojo izquierdo, pero no pudo ver nada por el derecho con aquella lente demasiado apretada, y la goma que no dejaba pasar ni una gota de la luz de la lámpara de Elliott, que había bajado al mínimo. Entonces, justo cuando empezaba a pensar que el artilugio estaba estropeado, empezaron a girar en espiral unos puntitos, como si se agitaran las aguas del océano revelando una misteriosa fosforescencia en el fondo. Pero aunque parecía de color ámbar, como lo que se podía ver a través de la mira del rifle, empezó a transformarse rápidamente en un amarillo más brillante, hasta que todos los puntos se unieron en un resplandor tan potente que casi hacía daño. Todo resultaba intensamente visible, como si estuviera bañado por la luz del sol. Miró a su alrededor, se miró las manos llenas de suciedad incrustada, observó a Elliott colocándose la shemagh en la cara y vio los remolinos de borrosa oscuridad que se acercaban a ellos por el túnel con el viento de Levante. Ella se dio cuenta de que él veía las oscuras nubes que se acercaban velozmente.—¿ No has soportado nunca el Viento Negro?— le preguntó.— Soportarlo, no— respondió recordando cuando Cal y él habían visto las nubes invadir la calle de la Colonia, pero eso había sido desde detrás de las ventanas cerradas. Will recordó las palabras de su hermano en aquella ocasión, cuando el chico había imitado la voz nasal de los styx: « Pernicioso para aquellos que encuentra en su camino …»
Miró rápidamente a Elliott:
Elliott no le pasó desapercibido. Lo miró con preocupación. Se hurgó en el bolsillo y le ofreció otro poco de la raíz. El tomó varios trozos y los masticó con tristeza, notando el amargor en toda la lengua.—¿ Mejor?— preguntó. Él asintió, agradecido, viendo en los ojos de ella no la preocupación de una amiga, sino frialdad y distanciamiento, mero sentido práctico. Necesitaba a alguien que la ayudara en lo que quería hacer, pero lo que era él no le importaba nada.— Ponte el casco— le ordenó ella mientras él seguía masticando. Asintió, se bajó la pieza del ojo, y después buscó en el bolsillo del pantalón el interruptor de la caja y lo encendió. Oyó una nota débil, que empezó a aumentar, hasta alcanzar un tono agudo, y después descendió varias octavas hasta un sonido bajo, tan inapreciable que no estaba seguro de si lo oía a través del cráneo o a través de los oídos.— Cierra el ojo izquierdo. Utiliza sólo el de la lente— le indicó Elliott. Hizo lo que le decía: cerró el ojo izquierdo, pero no pudo ver nada por el derecho con aquella lente demasiado apretada, y la goma que no dejaba pasar ni una gota de la luz de la lámpara de Elliott, que había bajado al mínimo. Entonces, justo cuando empezaba a pensar que el artilugio estaba estropeado, empezaron a girar en espiral unos puntitos, como si se agitaran las aguas del océano revelando una misteriosa fosforescencia en el fondo. Pero aunque parecía de color ámbar, como lo que se podía ver a través de la mira del rifle, empezó a transformarse rápidamente en un amarillo más brillante, hasta que todos los puntos se unieron en un resplandor tan potente que casi hacía daño. Todo resultaba intensamente visible, como si estuviera bañado por la luz del sol. Miró a su alrededor, se miró las manos llenas de suciedad incrustada, observó a Elliott colocándose la shemagh en la cara y vio los remolinos de borrosa oscuridad que se acercaban a ellos por el túnel con el viento de Levante. Ella se dio cuenta de que él veía las oscuras nubes que se acercaban velozmente.—¿ No has soportado nunca el Viento Negro?— le preguntó.— Soportarlo, no— respondió recordando cuando Cal y él habían visto las nubes invadir la calle de la Colonia, pero eso había sido desde detrás de las ventanas cerradas. Will recordó las palabras de su hermano en aquella ocasión, cuando el chico había imitado la voz nasal de los styx: « Pernicioso para aquellos que encuentra en su camino …»