Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 342
—¿Qué es eso? —preguntó.
Ella le gritó que se callara. Cuando terminó, lo miró. Will le devolvió la mirada.
—Es un mensaje sobre Drake… Estaba prendido a la soga —explicó—. Es de otro
renegado.
—Pero… pero yo no he visto nada —repuso Will tartamudeando, mirando en la
oscuridad y aterrorizado ante la idea de que pudiera esconderse allí gente del tipo de
Tom Cox.
—Se supone que no tenías que verlo. Es de alguien conocido: un amigo. Tenemos
que darnos prisa —dijo ella. De una de las bolsas sacó el explosivo más grande que
había visto Will hasta ese momento, del tamaño de una lata grande de pintura. Sujetó
el cilindro de color gris plomo a la pared de piedra bajo la que colgaba la soga, y
después retrocedió hacia el lado opuesto del túnel, tendiendo tras ella un cable trampa
prácticamente invisible. Will no necesitó preguntar lo que hacía: estaba colocando un
potente explosivo por si alguien se acercaba por la base: tan potente que el lugar
entero quedaría enterrado bajo toneladas de escombros.
Comprobó la calidad de su trabajo pellizcando el tenso cable, que emitió una nota
amenazadora. Tras tirar del gancho para dejarlo preparado, se volvió a Will.
—¿Y ahora qué? ¿Nos llevamos todo esto? —preguntó él señalando las bolsas.
—Olvídalo.
—¿No volvemos a la isla?
—Cambio de planes —dijo ella, con una mirada de feroz decisión que le hizo ver
a Will de inmediato que las cosas no iban a ser tan sencillas como se esperaba.
Comprendió que ella tenía en mente algo más, y que no iban a volver con los otros.
—¡Ah! —exclamó Will, cayendo en la cuenta.
—Tenemos que llegar al otro lado de la llanura, y rápido.
Sin razón aparente, Elliott lanzó furtivas miradas a un lado y otro del túnel,
olfateando.
—¿Por qué? —preguntó él, pero ella levantó la mano para mandarle callar.
Entonces lo oyó él también: era un leve lamento. Mientras escuchaba, el lamento
se fue haciendo cada vez más fuerte hasta convertirse en un alarido. Sintió en el rostro
la suave brisa y vio cómo movía una de las puntas de la shemagh que llevaba Elliott
suelta alrededor del cuello.
—Es de Levante —dijo ella, y luego exclamó—. Viene viento. ¡Vaya suerte!
Todo eso sobrepasaba a Will. Se tambaleó como si estuviera a punto de caer. A