Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 345

Sintió dos tirones y se paró en seco. Se agachó mientras trataba de ver algo a su alrededor. Elliott se acercó a él por entre la niebla y se arrodilló apretando un dedo contra los labios para pedirle que guardara silencio. La chica se inclinó hacia él hasta que la shemagh, que le tapaba la boca, le rozó a él la oreja. —Escucha —le susurró a través de la tela. Eso hizo, y oyó el lejano aullido de un perro. Tan sólo unos segundos después, llegó un grito espantoso. El grito de un hombre. En la más terrible agonía. La cabeza de Elliott estaba inclinada a un lado, y sus ojos, que eran lo único que podía distinguir de ella, no le decían nada. —Tenemos que darnos prisa. Aquellos largos alaridos de espantoso sufrimiento iban de un lado a otro como encauzados entre los jirones de humo que de vez en cuando se abrían para proporcionarles una fugaz visión del suelo o para formar pasillos que ellos aprovechaban para avanzar. Los gritos se hacían cada vez más fuertes, acompañando los bajos aullidos de los perros en una especie de ópera infernal. Bajo los pies de Will el suelo empezaba a elevarse y la bota pisó algo que parecía de cristal rosado, una rosa del desierto. Entonces se dio cuenta de que estaban subiendo por la loma que llevaba al claro en forma de anfiteatro en que Drake y Elliott los habían encontrado, el lugar en que había presenciado la horrible matanza de renegados y coprolitas a manos de los Limitadores. Se oyó un agudo lamento. Era difícil saber con precisión qué era lo que había provocado aquel gemido, que tenía más de animal que de humano. Le siguió un chillido repentino y desgarrador. Will no hubiera podido señalar de dónde procedía: era como si hubiera llegado al techo para descender luego en una cascada de sonido. La combinación de aquel ruido, que le revolvió el estómago de terror, y el recuerdo de las matanzas de los styx le producía tentaciones de dejarse caer sobre la suelta superficie de la pendiente y taparse la cabeza con los brazos. Pero no podía hacerlo. La cuerda que le unía a Elliott no cedía, le obligaba a avanzar y lo arrastraba al interior de la oscuridad y de camino hacia algo que por instinto sabía que no deseaba ver. Ella tiró dos veces de la cuerda, y él se quedó parado.