Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 334
—¡Dios mío!, ¿qué ha sido eso? —farfulló Chester, tambaleándose en el borde al
detenerse de pronto.
Will hubiera jurado que vislumbraba una ancha aleta caudal a no más de cinco
metros de distancia, pero no podía estar seguro con toda aquella agitación del agua.
Estaban mirando hacia allí con aprensión, cuando el agua volvió a calmarse sin
revelar qué era lo que había originado la sacudida.
—¡Vamos! —los apremió Elliott.
—Pero… —dijo Chester, tendiendo hacia el agua la mano temblorosa.
—¡Vamos! —repitió ella en un gruñido, mirando con aprensión hacia la playa que
dejaban atrás—. Aquí somos un blanco demasiado fácil.
Les llevó cosa de media hora alcanzar tierra firme. Al llegar, se dejaron caer en la
arena de la playa y observaron la espesa jungla que tenían ante ellos. Pero Elliott no
les consintió un momento de respiro y los obligó a seguir avanzando y a meterse entre
las plantas suculentas y los enmarañados arbustos de tallo trepador con púas negras,
que formaban espesuras tan enmarañadas como las que habían dejado al otro lado del
paso elevado.
Al final llegaron a un pequeño claro de unos diez metros de anchura, donde Elliott
les pidió que la esperaran, y se fue, presumiblemente a explorar el resto de la zona.
Porque, a causa de la espesura que los rodeaba por todos lados, resultaba imposible
saber dónde se encontraban en aquel instante. Entonces nadie le dio mayor
importancia. Estaban agotados, y tenían la ropa empapada en un sudor que no
ayudaban a secar la humedad del aire y la ausencia de viento. Bajo el revuelo de algún
insecto, Will y Chester compartieron la cantimplora de agua.
Cal había elegido descansar en un punto del claro lo más alejado posible de los
otros dos. Sentado con las piernas cruzadas y mirando a la oscuridad, empezó a
balancearse adelante y atrás, murmurando algo monótono en voz baja.
—¿Qué le pasa? —preguntó Chester en un susurro, secándose la frente.
—Ni idea —respondió Will dándole otro tiento a la cantimplora.
Justo entonces, la voz de Cal se hizo más fuerte y pudieron entender trozos de lo
que decía: «… y los ocultos no serán ocultos a los ojos del…»
—¿Tú crees que está bien? —le preguntó Chester a Will, que se había recostado
contra la mochila y cerraba los ojos echando el aire por la boca.
—«… y seremos nosotros los salvados… salvados… salvados…» —farfullaba
Cal.