Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 331

parecido al pinchazo de un globo, e impregnaba el aire de un intenso olor a azufre.
A continuación empezaron a encontrar plantas de aspecto sencillo, enmarañadas como setos de zarzas. Will pensaba en que se parecían mucho a la cola de caballo, una planta que conocía por su desaforado crecimiento en el cementerio de Highfield. Pero éstas tenían tallos de color blanco sucio que llegaban a alcanzar los cinco centímetros de diámetro, y a intervalos regulares presentaban unos anillos de hojas negras en forma de aguja y que pinchaban como tales. Cuanto más avanzaban, más plantas había, hasta que les empezaron a llegar por la cintura, y caminar a través de ellas comenzó a resultar incómodo.
Además de aquellas plantas, en el camino había también cada vez más árboles. Por lo poco que podía ver, Will descubrió que tenían el tronco cubierto de escamas. Le pareció que eran una especie de helechos arbóreos. Eran tan abundantes que cada vez les resultaba más difícil seguir al que iba delante. También el aire se volvía cada vez más húmedo, y enseguida se encontraron empapados en su propio sudor.
Will iba detrás del fatigado Cal para asegurarse de que no se quedaba por el camino, cuando le pareció notar que cambiaban de dirección. Estaban bajando por una ligera pendiente y comprendió que al final llegarían a la playa. Oyó el ruido de sacudir las plantas para apartarlas del camino. El ruido venía de algún lugar por delante de ellos. Will se asustó al pensar que tal vez se estaban saliendo del camino. No tenía ganas de perderse allí: con la experiencia de los dos últimos días, se le habían acabado para el resto de la vida las ganas de perderse. Se alegró al distinguir un leve destello de luz y ver de refilón a Chester, lo cual indicaba que Cal y él seguían por el buen camino. Pero ¿ adonde los llevaba Elliott?
Bajaron el final de la pendiente tambaleándose y salieron de la maleza para llegar a la orilla. Era la primera vez que Cal y Chester veían aquel mar. Se quedaron allí con la mirada fija, mudos de sorpresa, mientras la leve brisa les secaba el sudor del rostro.
Will oía el sonido del agua, que chocaba contra algo, no muy lejos de donde estaban, pero otra cosa le llamaba más la atención: la visión del enorme bosque del que acababan de salir. A la escasa luz de la lámpara, parecía absolutamente oscuro e impenetrable. Los gigantescos helechos arbóreos se alzaban ante él como torres.—¡ Cicadófitas!— exclamó—. Tienen que ser gimnospermas. ¡ Los dinosaurios comían esas cosas! En el vértice de sus troncos suavemente curvos, que tenían en su contorno
parecido al pinchazo de un globo, e impregnaba el aire de un intenso olor a azufre.
A continuación empezaron a encontrar plantas de aspecto sencillo, enmarañadas como setos de zarzas. Will pensaba en que se parecían mucho a la cola de caballo, una planta que conocía por su desaforado crecimiento en el cementerio de Highfield. Pero éstas tenían tallos de color blanco sucio que llegaban a alcanzar los cinco centímetros de diámetro, y a intervalos regulares presentaban unos anillos de hojas negras en forma de aguja y que pinchaban como tales. Cuanto más avanzaban, más plantas había, hasta que les empezaron a llegar por la cintura, y caminar a través de ellas comenzó a resultar incómodo.
Además de aquellas plantas, en el camino había también cada vez más árboles. Por lo poco que podía ver, Will descubrió que tenían el tronco cubierto de escamas. Le pareció que eran una especie de helechos arbóreos. Eran tan abundantes que cada vez les resultaba más difícil seguir al que iba delante. También el aire se volvía cada vez más húmedo, y enseguida se encontraron empapados en su propio sudor.
Will iba detrás del fatigado Cal para asegurarse de que no se quedaba por el camino, cuando le pareció notar que cambiaban de dirección. Estaban bajando por una ligera pendiente y comprendió que al final llegarían a la playa. Oyó el ruido de sacudir las plantas para apartarlas del camino. El ruido venía de algún lugar por delante de ellos. Will se asustó al pensar que tal vez se estaban saliendo del camino. No tenía ganas de perderse allí: con la experiencia de los dos últimos días, se le habían acabado para el resto de la vida las ganas de perderse. Se alegró al distinguir un leve destello de luz y ver de refilón a Chester, lo cual indicaba que Cal y él seguían por el buen camino. Pero ¿ adonde los llevaba Elliott?
Bajaron el final de la pendiente tambaleándose y salieron de la maleza para llegar a la orilla. Era la primera vez que Cal y Chester veían aquel mar. Se quedaron allí con la mirada fija, mudos de sorpresa, mientras la leve brisa les secaba el sudor del rostro.
Will oía el sonido del agua, que chocaba contra algo, no muy lejos de donde estaban, pero otra cosa le llamaba más la atención: la visión del enorme bosque del que acababan de salir. A la escasa luz de la lámpara, parecía absolutamente oscuro e impenetrable. Los gigantescos helechos arbóreos se alzaban ante él como torres.—¡ Cicadófitas!— exclamó—. Tienen que ser gimnospermas. ¡ Los dinosaurios comían esas cosas! En el vértice de sus troncos suavemente curvos, que tenían en su contorno