Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 330
potencia de la luz para iluminar en torno a sus pies.
Inmediatamente, Elliott se fue hacia él. Se plantó delante, amenazadora.
—¿Qué te crees que estás haciendo? —gruñó—. ¡Baja eso!
—Sólo estaba echando un vistazo —respondió, rehusando mirarla a los ojos
mientras observaba el suelo a sus pies.
Era verdad que había habido un cambio. Había un gran número de tocones de
diversa altura, entre los cuales se alzaban plantas de aspecto extraño: eran plantas
suculentas, como los cactus, adivinó Will, y crecían tan apretadas unas a otras que
quedaba poca superficie de arena entre ellas. Eran de color negro, o al menos gris
oscuro, y las hojas, que salían de un grueso tallo central, eran redondeadas e
hinchadas y estaban cubiertas por una película como de cera.
—Halófilas —aventuró, dando con la bota en una de las plantas.
—Baja esa maldita luz —dijo ella poniendo mala cara. Apenas se le notaba el
cansancio, mientras que Will y los otros dos chicos respiraban con dificultad y
agradecían aquella breve parada.
Will levantó la mirada hacia ella.
—Me gustaría saber adonde nos llevas —preguntó aguantándole la mirada—. Vas
muy rápido, y nosotros estamos hechos polvo.
Ella no respondió.
—Por lo menos dinos cuál es el plan —le pidió.
Elliott escupió, y casi le alcanza a Will en la rodilla.
—¡La luz! —dijo entre dientes, levantando amenazadoramente la culata del rifle.
Will no tenía ningún deseo de discutir con ella por la potencia de la luz, así que la
volvió a poner al mínimo. Elliott miró hacia otro lado y se marchó con andar decidido
e insolente, adelantando a Cal y luego a Chester para volver a ponerse en cabeza. Eso
le recordó a Will la manera en que lo había tratado Rebecca en Highfield y despertó
recuerdos que hubiera preferido mantener dormidos. Se preguntaba si todas las chicas
tendrían aquellos aires vengativos y, no por primera vez, se preguntó también si algún
día llegaría a entender a las mujeres. Durante las horas siguientes, pese a sus ruegos
para que fuera más despacio, le dio la impresión de que Elliott había metido la directa
e iba todavía más aprisa sólo para fastidiarle.
Las plantas ganaban en altura a medida que se adentraban en aquella nueva zona.
Al pisar las hojas, hacían ruidos blandos, como si estuvieran caminando sobre barro.
Incluso, muy a menudo, alguna de las hojas reventaba haciendo un sonoro ¡plop!