Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 326
ningún reparo en meterse él mismo en el agua estancada, y antes de darse cuenta ya
estaba subiendo por la escalera del otro lado. Notó que Elliott se quedaba atrás: estaba
colocando un explosivo de gran tamaño en la otra escalera, justo por encima de la
superficie del agua. En cuanto lo hubo hecho, alcanzó a Cal, y estaban pasando bajo
las losas de hormigón desplomado cuando estalló la carga.
El lugar entero se estremeció y cayeron sobre ellos torrentes de cieno. Se oyó un
ruido sordo que se convirtió luego en un chirrido inquietante. Todo tembló. Las
enormes losas de hormigón se quebraron y cayeron, lanzando agua y polvo en todas
direcciones y sellando el camino detrás de ellos.
—Esta vez ha faltado muy poco —oyó que Elliott comentaba jadeando.
Atravesaron corriendo la estancia del suelo de linóleo, treparon hasta el conducto y lo
recorrieron a gatas.
A la salida del conducto, Cal se dejó caer al suelo de la Llanura Grande
profiriendo un grito de alivio. Elliott le ayudó a ponerse en pie y sin perder un
segundo volvieron por donde habían llegado, bordeando el muro.
Varios disparos impactaron en el muro de hormigón, junto a ellos.
—¡Francotiradores! —gritó la chica lanzando algo por encima del hombro, tan
rápido que Cal no tuvo tiempo de ver lo que era. Al estallar, salió un humo que se
mantuvo próximo al suelo, invadiendo una gran superficie. Elliott lo había tirado con
intención de que los protegiera de los disparos. Aunque seguía sonando algún tiro de
vez en cuando que impactaba no muy lejos de ellos, el peligro era ya mucho menor.
Corrieron hasta que pudieron meterse por un tubo de lava y alejarse de la Llanura
Grande. Varios metros adentro, Elliott le gritó a Cal que siguiera avanzando, mientras
ella se paraba a colocar y preparar otro artefacto. El chico no necesitaba que lo
animaran: corrió cuanto pudo, casi enloquecido de la cantidad de adrenalina que le
corría por las venas y que le proporcionaba tantas energías que ni se acordaba del
dolor de la pierna.
Mientras Elliott le alcanzaba, dio la impresión de que la onda expansiva de la
explosión propulsaba por el aire sus cuerpos y los ayudaba a avanzar. Y de esa forma
siguieron, sin dejar de correr.
Will no sabía cuánto tiempo había dormido cuando fue rudamente despertado por
unos gritos insistentes. La cabeza le dolía horrores, especialmente en las sienes.
—¡Arriba!
—¡Eh…! —contestó farfullando—. ¿Quién…?