Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Página 323
básico e instintivo se había apoderado de él.
Antes de que se diera cuenta, se hallaban de nuevo en aquella especie de
quirófano que tenía el siniestro plinto de cerámica en el centro. Elliott lanzó tras ellos
otro explosivo. Debía de tener muy poco retardo, porque sólo habían recorrido la
mitad de la sala en forma de ele para abandonar el quirófano cuando los alcanzó la
onda expansiva.
Lo más horrible de todo fue que la explosión rompió muchos de los tarros de los
especímenes. Su contenido se derramó por todas partes como peces muertos, mientras
el aire se impregnaba del olor punzante del formaldehído. Cal vio la media cabeza
humana resbalando por el suelo hasta llegar junto a sus pies, con su media boca
sonriéndole a él y su media lengua saliendo descaradamente de la boca. Saltó sobre
ella para seguir a Elliott, y juntos atravesaron los siguientes corredores. Tomaron
varias veces la opción de la izquierda, y luego la de la derecha. Allí el polvo y el humo
no eran tan espesos, pero de repente Elliott se paró en seco y miró a su alrededor con
desesperación.
—¡Mierda, mierda, mierda! —despotricaba.
—¿Qué? —preguntó Cal resoplando y sujetándose a ella, porque estaba
desorientado y completamente exhausto.
—¡Mierda! ¡Nos hemos equivocado de camino! ¡Hay que volver… no hay más
remedio!
A toda prisa desanduvieron el camino, doblando varias esquinas, y después Elliott
se detuvo para observar un corredor secundario. Cal percibió la ansiedad en sus ojos.
—Tiene que ser por ahí —murmuró ella sin convencimiento—. ¡Dios, espero que
lo sea!
—¿Estás segura? —interrumpió él—. No recuerdo…
Elliott abrió una puerta. Él la seguía tan de cerca que cuando ella se paró, él
tropezó con ella.
Cal cerró los ojos y se tapó la cara. Había una luz fulgurante.
Se encontraban en una estancia blanca, de unos veinte metros de largo y la mitad
más o menos de ancho. Era algo asombroso.
En la estancia había una calma absoluta. No tenía ningún parecido con nada de lo
que Cal había visto en el Bunker hasta aquel momento. Estaba perfectamente limpia,
con un suelo inmaculado de baldosas blancas y un techo recién pintado, también
blanco, de cuyo centro colgaba una larga fila de esferas de luz.