Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 322

dejaba caer sobre una rodilla. Accionó el cerrojo del rifle. El Limitador se dirigía directamente hacia ella, con el arma en alto. La chica no dudó: apretó el gatillo. La boca del cañón de su rifle escupió fuego y el destello iluminó el rostro sorprendido del Limitador. El disparo le dio de lleno en el cuello. La cabeza se le cayó hacia delante, sobre el pecho, mientras desaparecía de la vista al caer sobre una nube de polvo. Elliott ya se había levantado.—¡ Vamos!— le gritó a Cal señalando hacia el corredor. Otra sombra oscura se cernió sobre ellos. Con el rifle todavía en la cadera, Elliott apretó el gatillo. Sonó un clic.—¡ Oh, no!— gritó el niño, viendo que la mirada asesina que había en el rostro del styx se transformaba en un gesto de triunfo: pensaba que ya eran suyos.
De manera patética, Cal levantó ante él el bastón, como si quisiera pegarle con él. Pero en un abrir y cerrar de ojos, Elliott había dejado caer el rifle y le había cogido la mano, para apuntar al Limitador con los cócteles que le quedaban. Tiró de las cuerdas.
Cal sintió el retroceso y el intenso calor cuando ambos cócteles estallaron a boca de jarro.
No pudo ver el resultado. El hombre ni siquiera había gritado. El chico se había quedado clavado en el sitio, y su mano, empapada y temblorosa, seguía aferrando los cilindros humeantes.
Elliott le gritó mientras sacaba algo de la mochila. Pero él no entendía lo que le decía. El miedo lo tenía completamente aturdido. La chica le pegó una bofetada tan fuerte que le sonaron los dientes. Eso pareció despertarlo. Y despertó para ver cómo Elliott lanzaba un explosivo al interior del corredor por donde él pensaba que se disponían a escapar. No entendió lo que hacía: ¿ por dónde iban a escapar si ella bloqueaba el camino?
—¡ Ponte a cubierto, idiota!— le gritó ella, dándole una patada que lo lanzó por el corredor. Cal cayó en el hueco de una puerta, al lado opuesto.
Esta vez la explosión fue más leve, e inmediatamente se metieron corriendo por el lugar en que había estallado el explosivo. Cal tropezó en algo blando. No lo miró, sabía que era un cadáver, y dando las gracias al polvo, que lo cubría y lo tapaba todo de la vista, pasó por encima dando tumbos.
Fue como si el tiempo se hubiera colapsado. Los segundos no existían en aquel lugar. Y era el cuerpo de Cal, y no su mente, el que dictaba sus acciones, haciéndole huir. Sólo sabía que tenía que escapar, eso era lo único que importaba: algo muy
dejaba caer sobre una rodilla. Accionó el cerrojo del rifle. El Limitador se dirigía directamente hacia ella, con el arma en alto. La chica no dudó: apretó el gatillo. La boca del cañón de su rifle escupió fuego y el destello iluminó el rostro sorprendido del Limitador. El disparo le dio de lleno en el cuello. La cabeza se le cayó hacia delante, sobre el pecho, mientras desaparecía de la vista al caer sobre una nube de polvo. Elliott ya se había levantado.—¡ Vamos!— le gritó a Cal señalando hacia el corredor. Otra sombra oscura se cernió sobre ellos. Con el rifle todavía en la cadera, Elliott apretó el gatillo. Sonó un clic.—¡ Oh, no!— gritó el niño, viendo que la mirada asesina que había en el rostro del styx se transformaba en un gesto de triunfo: pensaba que ya eran suyos.
De manera patética, Cal levantó ante él el bastón, como si quisiera pegarle con él. Pero en un abrir y cerrar de ojos, Elliott había dejado caer el rifle y le había cogido la mano, para apuntar al Limitador con los cócteles que le quedaban. Tiró de las cuerdas.
Cal sintió el retroceso y el intenso calor cuando ambos cócteles estallaron a boca de jarro.
No pudo ver el resultado. El hombre ni siquiera había gritado. El chico se había quedado clavado en el sitio, y su mano, empapada y temblorosa, seguía aferrando los cilindros humeantes.
Elliott le gritó mientras sacaba algo de la mochila. Pero él no entendía lo que le decía. El miedo lo tenía completamente aturdido. La chica le pegó una bofetada tan fuerte que le sonaron los dientes. Eso pareció despertarlo. Y despertó para ver cómo Elliott lanzaba un explosivo al interior del corredor por donde él pensaba que se disponían a escapar. No entendió lo que hacía: ¿ por dónde iban a escapar si ella bloqueaba el camino?
—¡ Ponte a cubierto, idiota!— le gritó ella, dándole una patada que lo lanzó por el corredor. Cal cayó en el hueco de una puerta, al lado opuesto.
Esta vez la explosión fue más leve, e inmediatamente se metieron corriendo por el lugar en que había estallado el explosivo. Cal tropezó en algo blando. No lo miró, sabía que era un cadáver, y dando las gracias al polvo, que lo cubría y lo tapaba todo de la vista, pasó por encima dando tumbos.
Fue como si el tiempo se hubiera colapsado. Los segundos no existían en aquel lugar. Y era el cuerpo de Cal, y no su mente, el que dictaba sus acciones, haciéndole huir. Sólo sabía que tenía que escapar, eso era lo único que importaba: algo muy