Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 32

Sarah se dirigía a Londres en un tren muy diferente al que transportaba a sus dos hijos. No quiso quedarse dormida; pero durante mucho rato fingió que lo estaba, entrecerrando los ojos, para evitar cualquier tipo de relación con otros pasajeros. El vagón en que iba se fue abarrotando de gente durante las frecuentes paradas del final del trayecto. Se sentía muy incómoda, porque en la última parada había subido un hombre de barba sucia y alborotada, un pobre vestido con abrigo de tela escocesa y que llevaba en las manos una variopinta colección de bolsas de plástico.
Tenía que tener cuidado. A veces « ellos » se hacían pasar por mendigos y vagabundos. El único cambio que requería el rostro chupado del styx medio era dejarse crecer la barba durante unos meses y embadurnarla de suciedad, para volverse imposibles de distinguir de los pobres infortunados que se encuentran por las esquinas de cualquier ciudad.
Era una artimaña inteligente. Disfrazados de esa manera, los styx podían meterse en cualquier parte sin despertar recelos de los Seres de la Superficie. Y lo mejor de todo era que les permitía ocupar puestos de vigilancia en las abarrotadas estaciones de tren durante días y días, controlando a los pasajeros que iban y venían.
Sarah había perdido la cuenta de las veces que había visto merodeando en las puertas vagabundos que, bajo su pelambrera sucia y apelmazada, la escudriñaban con sus ojos cristalinos de negras pupilas que dirigían hacia ella.
Pero ¿ sería aquel vagabundo uno de ellos? Observó su reflejo en las ventanillas mientras él sacaba una lata de cerveza de una mugrienta bolsa de plástico. Tiró de la anilla para abrirla y empezó a beber derramando una buena parte por la barba. En más de una ocasión lo sorprendió mirándola directamente. La suya parecía una mirada borrosa, y a ella no le gustaron sus ojos, que eran de un negro azabache y tendían a entrecerrarse, como si no estuviera acostumbrado a la plena luz del día. Todo eso eran malos indicios, pero aunque le hubiera gustado hacerlo, no se cambió de asiento, porque lo último que deseaba era llamar la atención.
De forma que se quedó allí sentada, rechinando los dientes, hasta que el tren llegó

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Sarah se dirigía a Londres en un tren muy diferente al que transportaba a sus dos hijos. No quiso quedarse dormida; pero durante mucho rato fingió que lo estaba, entrecerrando los ojos, para evitar cualquier tipo de relación con otros pasajeros. El vagón en que iba se fue abarrotando de gente durante las frecuentes paradas del final del trayecto. Se sentía muy incómoda, porque en la última parada había subido un hombre de barba sucia y alborotada, un pobre vestido con abrigo de tela escocesa y que llevaba en las manos una variopinta colección de bolsas de plástico.
Tenía que tener cuidado. A veces « ellos » se hacían pasar por mendigos y vagabundos. El único cambio que requería el rostro chupado del styx medio era dejarse crecer la barba durante unos meses y embadurnarla de suciedad, para volverse imposibles de distinguir de los pobres infortunados que se encuentran por las esquinas de cualquier ciudad.
Era una artimaña inteligente. Disfrazados de esa manera, los styx podían meterse en cualquier parte sin despertar recelos de los Seres de la Superficie. Y lo mejor de todo era que les permitía ocupar puestos de vigilancia en las abarrotadas estaciones de tren durante días y días, controlando a los pasajeros que iban y venían.
Sarah había perdido la cuenta de las veces que había visto merodeando en las puertas vagabundos que, bajo su pelambrera sucia y apelmazada, la escudriñaban con sus ojos cristalinos de negras pupilas que dirigían hacia ella.
Pero ¿ sería aquel vagabundo uno de ellos? Observó su reflejo en las ventanillas mientras él sacaba una lata de cerveza de una mugrienta bolsa de plástico. Tiró de la anilla para abrirla y empezó a beber derramando una buena parte por la barba. En más de una ocasión lo sorprendió mirándola directamente. La suya parecía una mirada borrosa, y a ella no le gustaron sus ojos, que eran de un negro azabache y tendían a entrecerrarse, como si no estuviera acostumbrado a la plena luz del día. Todo eso eran malos indicios, pero aunque le hubiera gustado hacerlo, no se cambió de asiento, porque lo último que deseaba era llamar la atención.
De forma que se quedó allí sentada, rechinando los dientes, hasta que el tren llegó