Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 317
alguno de qué era lo que había estado originalmente encerrado en aquellas jaulas, tan sólo algunos restos de jergones de paja podrida.
—¿ No serían para bebés?— preguntó Cal. Se le pusieron los pelos de punta: era una sala de pediatría de pesadilla.
— Sí, para bebés coprolitas— respondió Drake al tiempo que alcanzaban a Elliott. La chica entró por una puerta de vaivén, que tenía una de las hojas asegurada sólo por una bisagra, y que crujió de una manera estrepitosa al entrar la muchacha. Elliott se apresuró a sostenerla para evitar que siguiera haciendo ruido.
Cal y Drake la siguieron hasta el corredor adyacente, que estaba recubierto de estantes combados sobre los que había unos cuantos aparatos, oscuros y corroídos, de aspecto extraño, de color marrón de herrumbre o verde de moho que parecía como si goteara, porque se había extendido alrededor. A algunos de aquellos aparatos les salía una proliferación de tubos de goma muy deteriorada. Cal posó los ojos en una máquina que había en el suelo, con fuelles podridos y cuatro tarros de cristal que salían de su parte superior. Junto a esto había una especie de bomba de aire para accionar con el pie.
Después levantó la vista hasta una balda de madera pegada al muro que contenía todo tipo de instrumentos mortalmente punzantes, muchos tan oxidados que se habían terminado fundiendo con su soporte. Y junto a ellos vio una especie de mapa. Pese al moho que lo recubría, distinguió trazos angulosos y extrañas escrituras, pero no entendió en absoluto cuál era su significado, y no había tiempo para pararse a buscárselo.
Atravesando pesadamente zonas encharcadas por agua sucia, pasaron varios corredores más, todos ellos estrechos. Estaban vacíos, salvo por una serie de anchos tubos que iban a lo largo del techo, de los que colgaban restos de material aislante.
Y volvieron a salir a una estancia que tenía forma de ele y estaba llena de grandes tarros de cristal apilados desde el suelo al techo, algunos de los cuales tenían un metro de diámetro. Mientras aguardaban a que Elliott les hiciera una seña, a Cal le llamó la atención algo que vio en uno de los tarros que tenía más cerca.
Al principio no estaba seguro de lo que contenía, pero después vio que era la cabeza de un hombre cortada transversalmente. El corte estaba hecho de manera muy precisa desde la parte superior del cráneo, bajando por el resto de la cabeza, de manera que podía verse el cerebro y todo lo que había dentro del cráneo. En cierto modo no parecía real, y costaba trabajo creer que en otro tiempo había formado parte
alguno de qué era lo que había estado originalmente encerrado en aquellas jaulas, tan sólo algunos restos de jergones de paja podrida.
—¿ No serían para bebés?— preguntó Cal. Se le pusieron los pelos de punta: era una sala de pediatría de pesadilla.
— Sí, para bebés coprolitas— respondió Drake al tiempo que alcanzaban a Elliott. La chica entró por una puerta de vaivén, que tenía una de las hojas asegurada sólo por una bisagra, y que crujió de una manera estrepitosa al entrar la muchacha. Elliott se apresuró a sostenerla para evitar que siguiera haciendo ruido.
Cal y Drake la siguieron hasta el corredor adyacente, que estaba recubierto de estantes combados sobre los que había unos cuantos aparatos, oscuros y corroídos, de aspecto extraño, de color marrón de herrumbre o verde de moho que parecía como si goteara, porque se había extendido alrededor. A algunos de aquellos aparatos les salía una proliferación de tubos de goma muy deteriorada. Cal posó los ojos en una máquina que había en el suelo, con fuelles podridos y cuatro tarros de cristal que salían de su parte superior. Junto a esto había una especie de bomba de aire para accionar con el pie.
Después levantó la vista hasta una balda de madera pegada al muro que contenía todo tipo de instrumentos mortalmente punzantes, muchos tan oxidados que se habían terminado fundiendo con su soporte. Y junto a ellos vio una especie de mapa. Pese al moho que lo recubría, distinguió trazos angulosos y extrañas escrituras, pero no entendió en absoluto cuál era su significado, y no había tiempo para pararse a buscárselo.
Atravesando pesadamente zonas encharcadas por agua sucia, pasaron varios corredores más, todos ellos estrechos. Estaban vacíos, salvo por una serie de anchos tubos que iban a lo largo del techo, de los que colgaban restos de material aislante.
Y volvieron a salir a una estancia que tenía forma de ele y estaba llena de grandes tarros de cristal apilados desde el suelo al techo, algunos de los cuales tenían un metro de diámetro. Mientras aguardaban a que Elliott les hiciera una seña, a Cal le llamó la atención algo que vio en uno de los tarros que tenía más cerca.
Al principio no estaba seguro de lo que contenía, pero después vio que era la cabeza de un hombre cortada transversalmente. El corte estaba hecho de manera muy precisa desde la parte superior del cráneo, bajando por el resto de la cabeza, de manera que podía verse el cerebro y todo lo que había dentro del cráneo. En cierto modo no parecía real, y costaba trabajo creer que en otro tiempo había formado parte