Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 316
—Me da igual lo que hubiera. Aquí abajo, una sola acción descontrolada como ésa
puede significar la diferencia entre vivir o no… Así de sencillo —explicó el hombre
—. ¿He hablado claro?
Cal asintió con la cabeza, haciendo esfuerzos para dejar de toser mientras Drake
volvía a empujarlo. Subieron hasta otro corredor que tenía el techo mucho más alto
que el claustrofóbico pasadizo que acababan de abandonar. Los muros eran
aproximadamente verticales, con un sesgo hacia fuera y después hacia dentro hasta
llegar al techo, en una forma que recordaba una antigua tumba. El suelo estaba
húmedo y las botas de Cal restallaban en él como si pisara sobre cristales.
Enseguida llegaron ante unas aberturas que salían de forma extraña a cada lado de
la galería. Se metieron por una de ellas y recorrieron una pequeña distancia antes de
salir a un espacio mucho más amplio. Aunque en la oscuridad Cal no podía ver gran
cosa, le pareció que estaba dividido en varias zonas más pequeñas: un laberinto de
grueso hormigón hacía las divisiones hasta la mitad de la altura, formando una serie
de corrales. Por el suelo, a la entrada de aquellos corrales, había montones de
escombros y de lo que parecían hierros oxidados.
—¿Esto qué es? —preguntó Cal, atreviéndose a romper el silencio.
—Los Campos de Cría.
—De cría… ¿de qué? ¿De animales?
—No, de animales no. De coprolitas. Los styx los criaban para usarlos como
esclavos —respondió Drake muy despacio—. Construyeron todo este complejo hace
siglos.
Hizo pasar al niño a una antecámara más pequeña antes de que pudiera hacer más
preguntas. Tenía aspecto de sala de hospital. Cal vio que el suelo y los muros estaban
alicatados con baldosas blancas que, con el paso de muchos años de suciedad y
humedades, habían perdido el color. Había una enorme cantidad de camas
caprichosamente amontonadas junto a la entrada, como si alguien hubiera empezado a
quitarlas, pero hubiera dejado el trabajo a medias. Lo más extraño de aquellas camas
era que todas, sin excepción, eran bastante pequeñas: no había modo de que pudieran
albergar ni siquiera a alguien de su tamaño, no digamos a un adulto.
—¿Son cunas? —preguntó en voz alta, al tiempo que descubría que había muchas
más de las que había visto al principio.
Encima de aquellas camas diminutas había jaulas circulares de metal, de hierro
oxidado y decrépito, la mayoría de las cuales estaban cerradas. No había indicio