Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 315

El olor de putrefacción que encontraron al llegar estaba muy lejos de resultar agradable. Cal pensó que habían llegado al fondo cuando la chica avanzó unos pasos para penetrar en el agua negra. El niño dudó, pero Drake le azuzó dándole golpes en la espalda hasta que, en contra completamente de sus apetencias, penetró él también. El agua templada le llegaba al pecho. En la superficie se movían el polvo y las irisaciones oleaginosas provocadas por el movimiento de ellos tres. Por encima de ellos había formaciones de hongos radiales, tan espesas y abundantes que los individuos tenían que crecer unos encima de otros, algo así como un arrecife de coral.
De los hongos colgaban unos diminutos filamentos que brillaban a la luz de Cal como un millón de telas de araña. Pero el hedor se hacía demasiado fuerte para él y no podía dejar de toser, aunque el ruido que hacía irritaba a Drake. Intentó contener la respiración, pero no pudo hacerlo por mucho tiempo, y al final se vio obligado a introducir los miasmas en los pulmones. Eso le irritó la parte de atrás de la garganta, y empezó de nuevo a toser.
Al tiempo que trataba de dejar de toser, miró abajo, penetrando en la superficie del agua. Horrorizado, distinguió inequívocos movimientos justo por debajo de la superficie. Notó que algo se le enredaba en la pantorrilla. A continuación, fuera lo que fuera aquello, apretó.
—¡ No, Dios mío!— exclamó sin resuello, e intentó correr por el agua con movimientos desesperados.—¡ Quieto!— retumbó la voz de Drake, pero Cal no le hizo caso.—¡ No!— gritó muy fuerte—. ¡ Voy a salir! Adelantándose, vio a Elliott, que subía delante de él un tramo de escalera. La alcanzó, agarrándose a una destartalada barandilla de hierro que se dobló con su fuerza. Logró salir de las fétidas aguas, pero tropezó y se cayó en la escalera. Luego avanzó golpeando el muro con el bastón y buscando desesperadamente un poco de aire limpio, pero entonces una mano lo agarró por el hombro. La mano lo dejó clavado en el sitio, le apretó dolorosamente en la clavícula y lo hizo girarse.
—¡ No vuelvas a hacer una proeza como ésa!— dijo Drake gruñendo, pero sin levantar la voz, con el rostro a pocos centímetros del de Cal, y con el ojo descubierto encendido por la cólera. Empujó al aterrorizado muchacho contra el muro, sin soltarle el hombro.
— Pero había …— empezó a explicarse el niño. Se sentía sofocado tanto por el apestoso aire como por el miedo.
El olor de putrefacción que encontraron al llegar estaba muy lejos de resultar agradable. Cal pensó que habían llegado al fondo cuando la chica avanzó unos pasos para penetrar en el agua negra. El niño dudó, pero Drake le azuzó dándole golpes en la espalda hasta que, en contra completamente de sus apetencias, penetró él también. El agua templada le llegaba al pecho. En la superficie se movían el polvo y las irisaciones oleaginosas provocadas por el movimiento de ellos tres. Por encima de ellos había formaciones de hongos radiales, tan espesas y abundantes que los individuos tenían que crecer unos encima de otros, algo así como un arrecife de coral.
De los hongos colgaban unos diminutos filamentos que brillaban a la luz de Cal como un millón de telas de araña. Pero el hedor se hacía demasiado fuerte para él y no podía dejar de toser, aunque el ruido que hacía irritaba a Drake. Intentó contener la respiración, pero no pudo hacerlo por mucho tiempo, y al final se vio obligado a introducir los miasmas en los pulmones. Eso le irritó la parte de atrás de la garganta, y empezó de nuevo a toser.
Al tiempo que trataba de dejar de toser, miró abajo, penetrando en la superficie del agua. Horrorizado, distinguió inequívocos movimientos justo por debajo de la superficie. Notó que algo se le enredaba en la pantorrilla. A continuación, fuera lo que fuera aquello, apretó.
—¡ No, Dios mío!— exclamó sin resuello, e intentó correr por el agua con movimientos desesperados.—¡ Quieto!— retumbó la voz de Drake, pero Cal no le hizo caso.—¡ No!— gritó muy fuerte—. ¡ Voy a salir! Adelantándose, vio a Elliott, que subía delante de él un tramo de escalera. La alcanzó, agarrándose a una destartalada barandilla de hierro que se dobló con su fuerza. Logró salir de las fétidas aguas, pero tropezó y se cayó en la escalera. Luego avanzó golpeando el muro con el bastón y buscando desesperadamente un poco de aire limpio, pero entonces una mano lo agarró por el hombro. La mano lo dejó clavado en el sitio, le apretó dolorosamente en la clavícula y lo hizo girarse.
—¡ No vuelvas a hacer una proeza como ésa!— dijo Drake gruñendo, pero sin levantar la voz, con el rostro a pocos centímetros del de Cal, y con el ojo descubierto encendido por la cólera. Empujó al aterrorizado muchacho contra el muro, sin soltarle el hombro.
— Pero había …— empezó a explicarse el niño. Se sentía sofocado tanto por el apestoso aire como por el miedo.