Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 314

Se encontraban en una sala pequeña y lúgubre en la que no había nada, salvo unos charcos de agua estancada, pero estaban entrando cautelosamente en un espacio más amplio en el que retumbaban las pisadas y las huellas quedaban impresas en el suelo, que parecía una cubierta de linóleo o de algo semejante. Era de color claro, y tal vez hubiera sido blanco en otro tiempo, pero ahora estaba lleno de suciedad y de montones de restos podridos de olor acre. Mientras Cal y Drake se quedaban allí para que Elliott se adelantara a investigar el terreno, la lámpara de Cal reveló que se encontraban en una sala de considerable longitud. Había un escritorio arrimado contra uno de los muros, que estaban llenos de manchas de humedad de color marrón y gris, con hongos que formaban colonias aisladas, como pequeños salientes redondeados. Y allí donde estaba Cal había estantes llenos de carpetas y papeles muy deteriorados. El agua había convertido el papel en un mantillo amorfo sin forma ni consistencia que había terminado derramándose como si fuera líquido para formar en el suelo montones de papel maché que resultaba firme al tacto. A una señal de Elliott, Drake le susurró a Cal que siguiera hacia delante, y atravesaron con sigilo una puerta para entrar en un estrecho corredor. Al principio, Cal pensó que el brillo indefinido que lucían los muros de ambos lados se debía a la humedad, pero después comprendió que estaba pasando entre enormes tarros de cristal. Su luz no penetraba apenas en el cristal recubierto de algas negras, pero por donde conseguía hacerlo, parecían distinguirse las más grotescas formas suspendidas en el agua. Pensó que veía un reflejo de su propia cara, pero al mirar más de cerca, un estremecimiento le recorrió la espalda. ¡No! ¡No se trataba en absoluto de ningún reflejo! Era un rostro humano, blanco y reseco, que estaba apoyado contra el cristal, con las cuencas de los ojos vacías y los rasgos descompuestos, como parcialmente devorados. Le entró pavor y se alejó de allí rápidamente, sin consentirse echar una segunda mirada. Doblaron una esquina al final del corredor, después del último tarro, sólo para encontrar que el camino se hallaba bloqueado por enormes losas de hormigón roto: el techo y los muros se habían desprendido. Pero justo cuando Cal empezaba a pensar que tendrían que volverse, Drake le hizo entrar en la zona oscura que había al lado. Allí el techo desplomado había creado una especie de escalera, bordeada por un hierro retorcido y mal formado. Se metieron bajo la enorme losa y juntos bajaron por los peldaños de trozos desmoronados hasta el lugar en que los esperaba Elliott.