Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Seite 308
convencerse de que lo que tenía ante él eran cosas reales y no una falsa y vacía
orquestación de su propia mente.
Tuvo que pasarse varios segundos abriendo y cerrando rápidamente los ojos y
tratando de unir sus dos focos de visión y obligar a las fluctuantes imágenes a
quedarse quietas. Pero la visión de sus ojos terminó unificándose a una distancia en la
que podía distinguir algo.
—¡Cerdo! —gritó en una especie de graznido—. ¡Maldito cerdo!
—¿Qué…? —gritó Chester a su vez, incorporándose y escupiendo la comida de la
boca. Se puso en pie de un salto—. ¿Quién…?
Will recuperaba la visión. Sus ojos celebraban la presencia de luz, deleitándose
con las formas y colores que tenían ante ellos. A menos de diez metros de distancia
estaba Chester, con una lámpara en la mano y la mochila abierta entre las piernas.
Había cogido algo de comida y se la había ido comiendo sin más ceremonias. Estaba
claro que se había asustado al oír a Will.
Éste avanzó hacia su amigo tambaleándose, y más alegre que lo que se pueda
explicar. Se acercó a Chester y medio se sentó, medio se dejó caer junto a él, que lo
miraba con la boca abierta, como si se encontrara ante un fantasma. Estaba a punto de
decir algo cuando Will le cogió la lámpara y la agarró con las manos.
—Gracias a Dios —repitió Will varias veces con una voz quebrada que no parecía
la suya, mirando la luz directamente. Era tan brillante que le hacía daño a los ojos y
tuvo que entrecerrarlos, pero en aquel momento lo único que quería era disfrutar con
su misterioso temblor ligeramente verduzco.
Chester se recuperó de su estupefacción:
—Will… —empezó a decir.
—Agua —dijo él en una especie de graznido—. ¡Dame agua! —intentó gritarle al
ver que Chester no reaccionaba, pero la voz no le salió. En su lugar, surgió un sonido
tan débil que apenas resultaba audible, una especie de ronquido flojo. Entonces,
señaló con desesperación. Chester comprendió lo que le pedía, y le pasó rápidamente
la cantimplora.
No pudo quitar el tapón lo bastante rápido, y movía los dedos desesperada y
patéticamente. Después salió haciendo «¡plop!» y Will se la metió en la boca y empezó
a tragar con avaricia, intentando respirar al mismo tiempo. El agua se le derramaba
por todos lados, sobre todo por la barbilla y la frente.
—¡Dios mío, Will, creímos que no te volveríamos a ver nunca! —comentó