Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 306
lo que era: agua. Allí había una gran cantidad de agua… Allí en la oscuridad, ante él,
invisible y aterradora: una extensión de agua que parecía relacionarse con sus miedos
más profundos.
Siguió dando pasos minúsculos hasta que los guijarros dieron paso a otra cosa: a
arena, a arena suave y escurridiza. Pocos metros después, su pie, al posarse, hizo un
sonido de chapoteo. Se puso en cuclillas y palpó la superficie que tenía delante. Sus
manos encontraron líquido. Era agua templada. Sintió un estremecimiento. Se imaginó
una extensión enorme y oscura delante de él, y el instinto quiso hacerle retroceder, le
gritaba que se alejara, que echara a correr. Pero tenía tanta necesidad de agua que no
lo hizo. Poniéndose en cuclillas, cogió algo de agua en el cuenco de las manos y se la
acercó a la cara. La olió un par de veces. No distinguió nada: no tenía olor alguno. Se
la acercó a los labios y sorbió.
La escupió al instante y cayó hacia atrás, en la húmeda arena. La boca le ardía y la
garganta se le contrajo. Empezó a toser y después tuvo arcadas. Si hubiera tenido en el
estómago algo de comida, la habría vomitado violentamente. No, no era buena: era
agua salada. Y si fuera capaz de bebería, sabía que el agua acabaría con él, como
aquellos náufragos en un bote a la deriva sobre los que había leído en una ocasión
que habían muerto de sed en medio del Atlántico.
Escuchó el letárgico sonido de las olas y después se puso en pie de modo
vacilante, preguntándose si debería regresar a los tubos de lava. Pero no sería capaz de
hacerlo después de todas las horas que había pasado recorriéndolos. Además, no
había ni la más leve posibilidad de encontrar el camino de regreso a la Llanura
Grande, e incluso, aunque por un milagro sobreviviera al recorrido, ¿qué iba a
encontrar allí? ¿Una fiesta de bienvenida organizada por los styx en su honor? No, lo
único que podía hacer era seguir por la orilla del agua, acompañado por aquel sonido
que se burlaba de él y convertía su sed en algo todavía más difícil de sobrellevar.
Aunque la superficie de arena fuera llana, se deslizaba bajo cada pisada, minando
sus fuerzas al avanzar lenta y pesadamente. Al seguir, se dio cuenta de que no podía
pensar con claridad: su mente iba a la deriva, empujada por el hambre y el
agotamiento. Trató de concentrarse. ¿Qué tamaño tendría aquella extensión de agua?
¿Estaba simplemente recorriendo la orilla y describiendo un gran círculo? Su
sensación no era aquélla: estaba convencido de que avanzaba en línea recta.
Pero a cada paso que daba se sentía más y más inmerso en un estado de
abatimiento y entumecimiento. Lanzando un suspiro prolongado, interminable, se