Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 305

El no era ningún santo errante que fuera por ahí rescatando las almas perdidas que soltaba la Colonia. Entonces, ¿por qué lo había hecho? ¿Delirios de grandeza? ¿En qué había estado pensando? ¿En que aquellos chicos se convirtieran en su propio ejército privado si entraba en batalla campal con los Limitadores? No; eso era completamente ridículo. Debería haberse deshecho de dos de los muchachos, y haberse quedado solo con uno, con Will, porque con su madre, de infausta memoria, y su conocimiento de la vida en la Superficie podía serle de utilidad en sus planes para el futuro. Y ahora lo acababa de perder. Tras él, Cal volvió a tropezar y cayó de rodillas ahogando un lamento. Drake se detuvo y se dio la vuelta. —La pierna —dijo el niño antes de que Drake pudiera meter baza—. No es nada, podré seguir. —Se levantó de inmediato y volvió a andar, apoyándose con fuerza en el bastón. Drake pensó por un momento. —No, no podrás. Tendré que dejarte escondido en algún lado. —Su tono era frío y distante—. Cometí un error trayéndote… Esperaba demasiado de ti. —Su intención había sido colocar a Cal y a Chester en puntos estratégicos en que pudieran quedarse esperando a Will en caso de que por casualidad apareciera por allí. Pero ahora pensaba que debería haber dejado atrás a Cal, y haber seguido con Chester, en vez de al revés. O bien haberlos dejado a los dos juntos donde se había quedado Chester. Mientras seguía camino, Cal se hundía en horribles dudas. Comprendía lo que significaba el tono de voz de Drake, y eso apartó el resto de sus pensamientos. Recordó las palabras de Will, la advertencia de que Drake no llevaba pasajeros, y se aterrorizó al pensar que eso era exactamente lo que estaba a punto de suceder en aquel momento. Drake avanzó más aprisa y, tras doblar un recodo del túnel, se encontraron de nuevo en la Llanura Grande. —No te quedes atrás y baja la luz de la lámpara —le dijo a Cal. Will tuvo que detenerse tras dar unos pasos, preguntándose si estaba soñando. Y, sin embargo, todo parecía completamente real. Para asegurarse de ello, se agachó a coger un guijarro y palpó su pulida superficie, al tiempo que una leve brisa le acariciaba el rostro. Se levantó de inmediato. ¡Había viento! Siguió bajando y de pronto oyó un sonido como de ola que pega en la orilla. Pese a que el cálido aire lo zarandeaba, se le puso carne de gallina en todo el cuerpo. Sabía