Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 300

Aquella misma tarde, en la sala de estar, la señora Burrows estaba tan preocupada por el prematuro fallecimiento de la Venerable anciana que no conseguía poner mucho interés en la televisión. Estaba inquieta y no le apetecía mucho quedarse en la habitación, así que decidió buscar consuelo en su butaca favorita: el único lugar donde normalmente encontraba algo de felicidad y satisfacción. Pero cuando llegó, vio que había ya unos cuantos internos repantigados delante de la pantalla. El programa diario de actividades seguía desbaratado debido a la falta de personal, así que prácticamente podían hacer lo que quisieran. La señora Burrows se había mostrado mucho más contenida y sumisa que de costumbre, y había dejado que otros internos eligieran la cadena, pero ante algo que apareció en el telediario, saltó de pronto: —¡Eh! —exclamó apuntando a la pantalla—. ¡Es él! ¡A ése lo conozco! —¿Y quién es? —preguntó una mujer levantando la vista de un rompecabezas que tenía extendido delante de ella, en un escritorio que había junto a la ventana. —¿No lo reconocéis? ¡Estuvo aquí! —dijo la señora Burrows, con los ojos emocionados, y prendidos de la noticia. —¿Cómo se llama? —preguntó la señora del rompecabezas, levantando una pieza en la mano. Como la señora Burrows no tenía ni idea de cómo se llamaba, hizo como que estaba tan atenta a la tele que no oía. «¿Y el profesor Eastwood estaba encargado de la investigación sobre el virus?», fue la pregunta del entrevistador. El hombre de la pantalla asintió con la cabeza: el mismo hombre de voz distinguida que había hablado con aires de superioridad con la señora Burrows durante el desayuno, hacía sólo unos días. Hasta llevaba puesta la misma chaqueta de cheviot. —Es un médico importante —dijo dándose importancia la señora Burrows ante el grupo de gente que tenía detrás, como si les hablara de un amigo íntimo—. Le gusta mojar el pan tostado en el huevo pasado por agua. Alguno de los presentes repitió «mojar el pan tostado en el huevo pasado por agua», como si la información le hubiera impresionado. —Efectivamente —confirmó la señora Burrows. —¡Shhh!, ¡dejad oír! —dijo desde la fila de atrás una mujer que llevaba una bata amarillo limón.