Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 298
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La señora Burrows estaba junto a la puerta de su habitación, observando lo que
ocurría algo más allá, en el pasillo.
La habían levantado de la siesta unas voces fuertes y el rápido taconeo de las
pisadas sobre el linóleo del suelo del pasillo. Eso le extrañó porque no era normal que
ocurriera algo así. Durante la última semana, apenas había habido actividad en el
lugar. Sobre Humphrey House había descendido un inquietante silencio, porque los
internos habían ido recluyéndose uno tras otro en su cama conforme iban
sucumbiendo al misterioso virus que tenía al país en jaque.
Al empezar a oír la conmoción, la señora Burrows había imaginado que sería
simplemente algún paciente que armaba bronca, y no había hecho ningún esfuerzo
por levantarse. Pero unos minutos después se oyó un fuerte estrépito procedente de la
zona del montacargas. La sensación de que ocurría algo se incrementó por la voz de
una mujer que hablaba con tono apremiante. Era la voz de alguien que estaba o
enfadada o afligida, y quería gritar, pero lograba contenerse con mucho esfuerzo.
Por fin, cuando la curiosidad se adueñó de ella, la señora Burrows decidió salir a
echar un vistazo. Sus ojos ya estaban bastante mejor de lo que habían estado, pero
todavía le dolían y apenas podía abrirlos.
—¿Qué es todo esto? —farfulló al mismo tiempo que bostezaba y salía de la
habitación al pasillo. Se paró porque le llamó la atención algo que ocurría ante la
puerta de la Venerable anciana.
Observó la escena con más detenimiento, y el asombro le hizo abrir
completamente los enrojecidos ojos. La señora Burrows había visto suficientes series
de hospitales para comprender lo que ocurría.
Lo llamaban «carro del paraíso»: un horrible eufemismo para designar una camilla
de hospital con bordes y tapa de acero inoxidable… Un medio para transportar
cadáveres sin alertar a nadie sobre el contenido y sin que supieran de hecho si había
contenido alguno. Básicamente, un ataúd de metal brillante sobre ruedas.