Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 295

sin aliento. Empezó a sollozar. Tenía que descansar, y se dejó caer de rodillas. A continuación se inclinó hacia delante, sintiendo la arena en la palma de las manos. «No es justo. No me merezco esto». Intentó tragar, pero tenía tan seca e irritada la garganta que no pudo hacerlo. Se inclinó más, hasta descansar la frente sobre la áspera arena. ¿Tenía los ojos abiertos o cerrados? Daba exactamente lo mismo. Veía puntitos de colores, luces reticulares que giraban en remolinos, sumiéndolo en la confusión. Pero sabía que no eran reales. Se quedó en aquella posición, jadeando con la cabeza contra el suelo, y por algún motivo apareció ante él la imagen de su madre adoptiva. Era una imagen tan vivida que por un instante sintió como si hubiera sido transportado a otro lugar. La señora Burrows estaba repantigada ante un aparato de televisión en una sala inundada por la luz del sol. La imagen se emborronó y fue reemplazada por una de su padre adoptivo, en un lugar muy diferente, en algún lugar de lo más profundo de la Tierra. Caminaba despreocupadamente, silbando en tono muy agudo, como siempre lo hacía. Después vio a Rebecca tal como la había visto mil veces: estaba en la cocina, preparando la cena para toda la familia, algo que hacía cada noche, una especie de constante en su vida que parecía hallarse incluso en sus recuerdos más remotos. Y como en una película que aparece desencuadrada en la pantalla, la vio a continuación esbozando una sonrisa malvada, vestida con el uniforme blanco y negro de los styx. «¡Bruja! ¡Bruja falsa y traidora!» Ella le había traicionado, había traicionado a su familia. Todo aquello era culpa suya. «¡Bruja, bruja, bruja, bruja, bruja!» A sus ojos, ella era la peor de las traidoras, un ser retorcido, oscuro y malvado, una suplantadora enviada por el infierno para sembrar la confusión en su hogar. «¡Levántate!» El odio que sentía hacia Rebecca le infundió vida. Tomó aire y se irguió hasta ponerse de rodillas. Lanzaba gritos dirigidos a sí mismo, animándose a ponerse en pie: —¡Levántate, vamos! ¡No dejes que ella venza! —Después, en pie sobre sus temblorosas piernas, agitó las manos en el vacío que lo rodeaba, en aquella tierra de la noche eterna capaz de succionar el alma. —¡Vamos, tienes que seguir, adelante! —gritó con la voz quebrada—. ¡Vamos! Fue tropezando, pidiendo socorro a Drake y a su padre adoptivo, a cualquiera que pudiera oírle. Pero a cambio no oyó otra cosa que el eco de su voz. Entonces oyó un