Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 294
«¡ Por favor, por favor, por favor!» Apretó el interruptor. No ocurrió absolutamente nada. Ni siquiera una insinuación, ni un atisbo de luz.
«¡ No! ¡ Desgraciada!» Había vuelto a fallar. Sentía deseos de golpear la linterna, de hacerle daño, de hacerle sufrir como sufría él.
Con una explosión de rabia, echó el brazo hacia atrás para arrojar el inútil objeto, pero después suspiró y lo bajó. No podía hacerlo. Lanzó un gruñido de pura frustración y volvió a meterse la linterna en el bolsillo. Después hizo un lío con todos los demás objetos dentro del pañuelo, y los volvió a guardar también.
«¿ Por qué, por qué no cogí una de las esferas de luz? No me hubiera costado nada ».
Hubiera sido tan sencillo hacerlo, y en aquellos momentos supondría un cambio como de la noche al día. Empezó a pensar en su chaqueta. ¡ Si hubiera tenido el sentido común de dejársela puesta! Recordó dónde la había dejado, encima de la mochila. La lámpara estaba enganchada en ella, y en los bolsillos llevaba otra linterna y una caja de cerillas, además de varias esferas de luz.— Si hubiera … con sólo que hubiera … Aquellos sencillos objetos hubieran sido de una importancia vital en aquellas circunstancias. No llevaba con él nada que le pudiera servir en aquellas circunstancias.
—¡ Maldito imbécil!— empezó a gritar contra sí mismo en un áspero graznido, maldiciendo la oscuridad que lo rodeaba y llamándola de todo. Después se quedó callado, imaginando que veía deslizarse algo, lentamente, por su campo de visión. ¿ Era aquello una luz, una luz parpadeante, allí, la derecha? «¿ Qué? Allí, sí, a lo lejos. Un brillo, sí, una luz, una salida ¡ sí!» Con el corazón latiendo a toda velocidad, se dirigió hacia allí, pero tropezó en la irregular superficie del suelo y volvió a caer. Poniéndose en pie a toda prisa, buscó la luz, escudriñando con desesperación la impenetrable oscuridad. Ya no estaba. ¿ Dónde era? La luz, si es que de verdad había habido alguna luz, ya no se veía por ningún lado. «¿ Cuánto tiempo puedo seguir así? ¿ Cuánto tiempo antes de …?» Sintió que le temblaban las piernas y que se interrumpía el ritmo regular de la respiración.— Soy demasiado joven para morir— dijo en voz alta, comprendiendo por primera vez en su vida el pleno sentido de aquella frase hecha. Sentía que se quedaba
«¡ Por favor, por favor, por favor!» Apretó el interruptor. No ocurrió absolutamente nada. Ni siquiera una insinuación, ni un atisbo de luz.
«¡ No! ¡ Desgraciada!» Había vuelto a fallar. Sentía deseos de golpear la linterna, de hacerle daño, de hacerle sufrir como sufría él.
Con una explosión de rabia, echó el brazo hacia atrás para arrojar el inútil objeto, pero después suspiró y lo bajó. No podía hacerlo. Lanzó un gruñido de pura frustración y volvió a meterse la linterna en el bolsillo. Después hizo un lío con todos los demás objetos dentro del pañuelo, y los volvió a guardar también.
«¿ Por qué, por qué no cogí una de las esferas de luz? No me hubiera costado nada ».
Hubiera sido tan sencillo hacerlo, y en aquellos momentos supondría un cambio como de la noche al día. Empezó a pensar en su chaqueta. ¡ Si hubiera tenido el sentido común de dejársela puesta! Recordó dónde la había dejado, encima de la mochila. La lámpara estaba enganchada en ella, y en los bolsillos llevaba otra linterna y una caja de cerillas, además de varias esferas de luz.— Si hubiera … con sólo que hubiera … Aquellos sencillos objetos hubieran sido de una importancia vital en aquellas circunstancias. No llevaba con él nada que le pudiera servir en aquellas circunstancias.
—¡ Maldito imbécil!— empezó a gritar contra sí mismo en un áspero graznido, maldiciendo la oscuridad que lo rodeaba y llamándola de todo. Después se quedó callado, imaginando que veía deslizarse algo, lentamente, por su campo de visión. ¿ Era aquello una luz, una luz parpadeante, allí, la derecha? «¿ Qué? Allí, sí, a lo lejos. Un brillo, sí, una luz, una salida ¡ sí!» Con el corazón latiendo a toda velocidad, se dirigió hacia allí, pero tropezó en la irregular superficie del suelo y volvió a caer. Poniéndose en pie a toda prisa, buscó la luz, escudriñando con desesperación la impenetrable oscuridad. Ya no estaba. ¿ Dónde era? La luz, si es que de verdad había habido alguna luz, ya no se veía por ningún lado. «¿ Cuánto tiempo puedo seguir así? ¿ Cuánto tiempo antes de …?» Sintió que le temblaban las piernas y que se interrumpía el ritmo regular de la respiración.— Soy demasiado joven para morir— dijo en voz alta, comprendiendo por primera vez en su vida el pleno sentido de aquella frase hecha. Sentía que se quedaba