Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | страница 292
—Eh… ¿ha… ha dicho «estamos»? —tartamudeó, apartándose un paso de los
cuatro Limitadores. Al hacerlo, oyó algo a sus pies y bajó la mirada.
—¡Bartleby! —exclamó.
No sabía de dónde había salido el gato. Moviendo los bigotes, lanzó un discreto
maullido antes de bajar el hocico a la tierra y olfatearla varias veces. A continuación
levantó bruscamente la cabeza. Tenía las narices cubiertas de aquel fino polvo negro
que parecía estar en todas partes. Pero era evidente que aquel polvo no le gustaba,
porque se frotó el hocico con la pata, resoplando con fuerza. Y de pronto, soltó un
estornudo muy potente.
—¡Jesús! —le dijo Sarah sin poder reprimirse. Estaba encantada de tenerlo otra
vez con ella. Al menos, con él contaría en la búsqueda con la compañía de un viejo
amigo, de alguien de quien podía fiarse.
—¡Vamos! —dijo otro de los Limitadores poniendo mala cara y apuntando con el
fino dedo hacia una zona alejada de la estación, más allá de la locomotora, que aunque
estuviera detenida lanzaba copiosas nubes de vapor—. ¡Ahora! —gruñó.
Sarah dudó por un momento, notando los ojos de los cuatro Limitadores clavados
en ella. Después asintió con la cabeza y dio a regañadientes un paso en la dirección
que le indicaban.
«Bueno, si una vende su alma al demonio…», pensó con ironía. Había ya decidido
su camino, y tenía que seguirlo.
Así, seguida por los cuatro lúgubres soldados, Sarah se resignó a su destino y
empezó a caminar con más brío, acompañada por el gato.
Además, ¿qué alternativa le quedaba con aquellos demonios pegados a ella?